El nuevo viejo problema del agua

Las “guerras” por el agua.

Desde que el homo sapiens camina sobre la Tierra y que las comunidades humanas organizaron su vida alrededor de ríos, pozos, canales y tierras fértiles, el agua quedó asociada a la supervivencia y el poder. Permitió asentamientos, ordenó rutas comerciales, organizó y fortaleció Estados y decidió la permanencia de pueblos enteros en un territorio. Allí donde hubo agua, se generó una cooperación posible, pero también hubo dominio, disputa, coerción y violencia.

La historia larga de los conflictos humanos muestra que el agua actuó de tres maneras desde tiempos remotos.

– Encendió enfrentamientos cuando su escasez o su reparto desigual hicieron imposible la convivencia.

– Fue atacada cuando la guerra destruyó pozos, canales, represas, redes de riego o sistemas de saneamiento.

– Sirvió como arma cuando alguno de los contendientes cortó suministros, desvió cursos, inundó posiciones, contaminó fuentes o usó el control de una cuenca para imponer obediencia.

La actualización 2025 de la cronología de conflictos por el agua, “Water Conflict Chronology” en el original, elaborada por el Pacific Institute, permite mirar esa continuidad histórica con datos comparables. Según este registro existen 2.750 episodios de violencia vinculada con agua o sistemas hídricos a lo largo de más de 4.500 años.

Los del presente tienen una particularidad distinta por la escala, la densidad urbana y fragilidad tecnológica.

Una ciudad antigua podía quedar sometida por el control de una acequia o de un manantial. Una ciudad contemporánea depende de plantas potabilizadoras, estaciones de bombeo, energía eléctrica, represas, software industrial, sensores, redes de saneamiento, tuberías subterráneas, contratos de operación, sistemas de emergencia y bases de datos. Golpear el agua en una guerra actual equivale a golpear simultáneamente salud pública, alimentación, higiene, movilidad, producción, hospitales, escuelas y cotidianidad urbana.

La actualización publicada en noviembre de 2025 incorporó 844 nuevos eventos hasta fines de 2024, con algunos episodios de los primeros meses de 2025. En 2024 se registraron 420 hechos violentos asociados al agua, casi 20 por ciento más que en 2023. La curva viene en ascenso desde 2010, salvo durante la pandemia del Covid.

La aceleración reciente se vincula con la intensificación de conflictos como Israel y Palestina, Rusia y Ucrania, disputas por acceso insuficiente al agua en África, América Latina y Asia del Sur, y tensiones provocadas por sequías persistentes en zonas como India e Irán.

En 2024, la base registró 152 eventos donde el agua operó como detonante, 276 donde el agua o los sistemas hídricos fueron atacados y 24 donde el agua fue utilizada como arma.

La mayor cantidad de casos corresponde a daños sobre sistemas de agua y eso revela el peso creciente de las infraestructuras civiles dentro de la guerra contemporánea. Las batallas se libran en territorios densamente urbanizados, con redes técnicas indispensables para la vida cotidiana y con poblaciones civiles atrapadas entre necesidades elementales y objetivos militares.

La distribución geográfica de los datos de 2024 muestra que la situación no es focal sino extendida.

Asia Occidental, que incluye Medio Oriente, concentró 138 eventos. África Subsahariana registró 76. Asia Meridional, 74. Europa del Este, 51. América Latina, 40. América del Norte, 6.

En la serie histórica completa, Asia Occidental ocupa el primer lugar, seguida por Asia Meridional, África Subsahariana y América Latina.

El informe también permite mirar la escala de los conflictos de acuerdo a si fueron internos o entre países. En 2024, el 63 por ciento de los eventos ocurrió dentro de los países y el 37 por ciento involucró a dos o más Estados.

La escala interna del fenómeno aparece en guerras civiles, disputas entre productores agropecuarios, entre usuarios urbanos y rurales, choques entre comunidades, conflictos en campos de refugiados, disputas familiares, protestas contra autoridades y acciones de grupos armados.

Esa observación importa especialmente para América Latina. La región presenta conflictos con rasgos propios. Sus episodios suelen relacionarse con desigualdad territorial, acceso a servicios, minería, riego, urbanización no planificada, abandono de comunidades, precios elevados, corrupción, fallas de infraestructura y tensiones entre producción y consumo humano.

En Haití, la cronología registró ataques de bandas armadas contra entregas de agua y alimentos, con agravamiento de la escasez entre los sectores más pobres. En México, vecinos de la colonia Benito Juárez, en Salina Cruz, Oaxaca, protestaron para exigir reconexión a una tubería municipal de agua potable, y el registro consigna intervención militar y policial con golpes a manifestantes. En Perú, más de 500 agricultores y residentes de localidades de Paita rompieron un dique que abastecía al distrito de La Huaca y redirigieron el caudal hacia cultivos y zonas cercanas como parte de una protesta por escasez regional y pedidos de asistencia estatal.

Estos casos latinoamericanos muestran que el agua puede convertirse en un conflicto intenso, pero lejos de una guerra formal. En general son comunidades que se sienten amenazadas frente a lo que consideran una injusticia, con Estados sin capacidad de respuesta adecuada y de actores con poder informal y niveles de impunidad altos.

En Medio Oriente, el cuadro adquiere otra intensidad, asociado a crisis humanitarias extremas. La actualización destaca la expansión de ataques contra sistemas de agua en Gaza, Cisjordania, Siria, Líbano y Yemen. En Gaza y Cisjordania se reportaron daños extensos sobre infraestructura hídrica durante 2024, con deterioro de las condiciones sanitarias.

Entre el 18 y el 27 de julio, fuerzas israelíes destruyeron más de 30 pozos de agua en Rafah y Khan Younis, según los registros incluidos por el Pacific Institute. La guerra perdura más allá de los hechos en lo cotidiano.

Ucrania ocupa otro lugar central en la cronología. A lo largo de 2024 se registraron decenas de ataques rusos que interrumpieron el suministro de agua y saneamiento en ciudades ucranianas. La actualización menciona cortes de energía y agua en partes de Kiev luego de un ataque aéreo ruso masivo en agosto, el derrame de más de 3.000 toneladas de petróleo en el río Nemyshlia y el ataque contra la represa del Dniéper ocurrido el mismo Día Mundial del Agua. También se registran daños en infraestructura de distribución de agua, electricidad y gas en Belgorod, Rusia, tras misiles disparados por fuerzas ucranianas.

África concentra situaciones asociadas a la guerra civil, a los desplazamientos masivos, la minería sin control y violencia paramilitar. En mayo de 2024, las “Fuerzas de Apoyo Rápido” atacaron y ocuparon brevemente el reservorio de Golo en El Fasher, Darfur del Norte, un recurso crítico para unas 270.000 personas. En 2025, estaciones de agua en Shuwak, Sudán, fueron blanco de ataques con drones atribuidos al mismo grupo. En Burkina Faso, militantes del “JNIM” detonaron explosivos en un pozo de Kantchari destruyéndolo. En Guinea, luego de diez días de protestas contra una empresa minera y de demandas por agua y otros servicios básicos, las fuerzas de seguridad mataron a dos personas, hirieron a otras doce y destruyeron numerosas viviendas.

La vida cotidiana de las poblaciones desplazadas también aparece atravesada por el acceso al agua. En el campo de refugiados de Kakuma, en Kenya, refugiados sursudaneses chocaron con refugiados de la región de los Grandes Lagos por agua potable. Murieron tres refugiados sursudaneses. En Turkana, mujeres y niños que buscaban agua en el río Suguta fueron emboscados por hombres armados. Una mujer murió y otras dos personas resultaron heridas.

Asia Meridional muestra otra combinación de hechos, más asociados a la protesta, sequías, infraestructura deficiente y tensión geopolítica. En India se registraron agresiones por recolección de agua, protestas por falta de agua limpia y conflictos por proyectos de provisión. En Himachal Pradesh, una manifestación contra el esquema de agua potable Kikar Navgaon dejó siete policías y un guardia heridos, en medio del temor de que el proyecto le quitara agua a otras áreas. En Pakistán, militantes del “Frente de Liberación” de Baluchistán atacaron puestos de control con foco en el suministro de agua militar. En 2025, un atentado que mató a 26 turistas hindúes en Jammu y Cachemira administrada por India fue la represalia directa por la decisión del primer ministro Narendra Modi que restringió flujos de agua hacia Pakistán, a través de dos represas sobre el río Chenab, lo que provocó caídas inéditas en los niveles de agua. Pakistán, ya de forma oficial, respondió con amenazas de acción legal internacional y declaró que cualquier intento de detener o desviar caudales pertenecientes a Pakistán sería considerado un acto de guerra.

La frontera digital agrega una dimensión reciente a una historia muy antigua. En enero de 2024, un grupo hacktivista prorruso accedió a sistemas de control de dos instalaciones de agua en Texas y manipuló bombas y alarmas, lo que provocó que el agua superara niveles de corte y desbordara tanques de almacenamiento. La actualización también señala que más de 210 empresas de agua y electricidad de Estados Unidos y Reino Unido reportaron ataques cibernéticos en 2024. La mayoría declaró haber sufrido interrupciones serias y destrucción permanente de datos o sistemas.

Este punto define una parte sustancial del riesgo contemporáneo. La modernización de redes permite detectar pérdidas, optimizar presión, ahorrar energía y administrar mejor la distribución, pero cada sensor, cada sistema remoto, cada controlador industrial y cada base de datos agrega un posible objetivo a ser atacado.

La infraestructura hídrica puede ser dañada por bombas, sabotajes, ocupación territorial, corrupción, abandono técnico o hackeo informático. En todos los casos, el impacto se traslada a la población civil.

A esa presión directa sobre los sistemas de agua se suma otra fuerza menos visible en la discusión pública. La economía digital necesita cada vez más energía, minerales, refrigeración, redes eléctricas, servidores y centros de datos. La inteligencia artificial acelera esa demanda porque requiere infraestructura capaz de entrenar, alojar y ejecutar modelos a gran escala.

La Agencia Internacional de Energía estimó que los centros de datos consumieron alrededor de 415 teravatios hora de electricidad en 2024, cerca del 1,5 por ciento del consumo eléctrico mundial, con un crecimiento promedio anual del 12 por ciento durante los cinco años previos.

La demanda de agua de los centros de datos surge del consumo directo de agua para refrigeración y del consumo indirecto asociado a la generación de electricidad, porque muchas plantas termoeléctricas también requieren agua para enfriamiento.

Un informe del gobierno británico sobre uso de agua en centros de datos e inteligencia artificial, apoyado en estimaciones de la Agencia Internacional de Energía, señala que el sector consume globalmente más de 560.000 millones de litros de agua por año y que esa cifra podría alcanzar hasta 1,2 billones de litros hacia 2030.

La cuestión aún más compleja es que estos centros de datos se instalarían en territorios con estrés hídrico, buscando distanciarlos de zonas densamente pobladas, por lo que requerirán desviar flujos de agua compitiendo con los hogares, la agricultura, los ecosistemas, etc.

La inteligencia artificial también empuja una demanda material de más centros de datos, redes eléctricas, chips, servidores, cables, transformadores, baterías de respaldo, sistemas de refrigeración y equipos de telecomunicaciones, todos los cuales requieren cobre, aluminio, litio, níquel, cobalto, grafito, tierras raras y otros minerales críticos. Porque la economía digital y la nube depende de una cadena física concreta y extensa, distribuida en minas, salares, plantas de procesamiento, fábricas de semiconductores, tendidos eléctricos, puertos, redes logísticas y sitios de disposición de residuos electrónicos.

Esta “nueva” minería agrega otra capa de consumo hídrico crítico. Muchas actividades extractivas y de procesamiento requieren agua para extracción, separación, transporte de materiales, control de polvo, procesamiento químico y manejo de residuos.

Y como si faltara algo, el cambio climático agrava esa trama alterando la regularidad de las lluvias, provoca sequías, disparidad de la disponibilidad estacional, glaciares en retroceso, suelos degradados, caudales impredecibles y productividad agrícola amenazada.

En definitiva, la variedad de actores que incorporan el agua a los repertorios de violencia muestra una expansión política, militar, social y tecnológica del problema.

La expresión “guerra por el agua” puede parecer un exceso de dramatismo para quienes solemos despreocuparnos por el tema teniendo a mano una canilla que nos permite disponer de agua potable en cualquier momento, todos los días. Aun así, no deberíamos ignorar que hay una trama que comienza a complicarse y terminará afectándonos (sin dudas).

Fuentes consultadas

Pacific Institute, Water Conflict Chronology 2025 Update

https://pacinst.org/wp-content/uploads/2025/11/Water-Conflict-Chronology_fact-sheet_2025_final.pdf

Pacific Institute, Water Conflict Chronology

https://pacinst.org/water-conflict-chronology/

Pacific Institute, Water Conflict Chronology Database

https://www.worldwater.org/water-conflict/

International Energy Agency, Energy and AI

https://www.iea.org/reports/energy-and-ai/energy-demand-from-ai

Department for Science, Innovation and Technology, Water use in data centres and AI report

https://assets.publishing.service.gov.uk/media/688cb407dc6688ed50878367/Water_use_in_data_centre_and_AI_report.pdf

International Energy Agency, Global Critical Minerals Outlook 2025, Executive Summary

https://www.iea.org/reports/global-critical-minerals-outlook-2025/executive-summary

UNCTAD, Digital Economy Report 2024

https://unctad.org/publication/digital-economy-report-2024

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