La potente economía digital, que suele presentarse como liviana, inmaterial y flexible, depende de una cadena rígida de suministros.

La actualidad volvió a recordarle a la economía global que algunos puntos del mapa pesan más que territorios enteros. El estrecho de Ormuz concentra una parte decisiva del tránsito energético mundial, y la crisis abierta en Medio Oriente volvió a trasladar esa fragilidad al precio del petróleo, al costo del gas, a los fertilizantes, a la inflación y a las expectativas de crecimiento.
La Agencia Internacional de Energía estima que por Ormuz transitan cerca de 20 millones de barriles diarios, alrededor de una cuarta parte del comercio marítimo mundial de petróleo, y advierte que una interrupción duradera tendría impacto significativo sobre los mercados en general.
Ese mapa energético conserva un lugar decisivo. El petróleo sigue siendo una pieza central de la economía mundial y Ormuz continúa funcionando como uno de sus puntos más sensibles.
La novedad histórica es que, además de mirar los barriles, los gasoductos y los puertos petroleros, hoy hay que mirar las obleas de silicio, las salas esterilizadas y las fábricas capaces de producir chips de pocos nanómetros.
El otro estrecho de la economía global es el estrecho de Taiwán.
Ormuz concentra una parte crítica del flujo energético mundial. Taiwán concentra una parte crítica de la capacidad de fabricar los componentes que hacen funcionar la civilización digital.
La economía contemporánea puede imaginar escenarios de sustitución energética, reservas estratégicas, desvíos marítimos o cambios de proveedores. Con los semiconductores avanzados, la elasticidad es mucho menor. La dificultad consiste en replicar una cadena industrial que acumula décadas de aprendizaje, inversiones enormes, secretos técnicos, proveedores hiperespecializados y una coordinación productiva casi quirúrgica.
La paradoja de nuestro tiempo reside en que la economía más sofisticada que ha construido la humanidad depende de objetos casi invisibles. Un chip carece de la espectacularidad de un buque petrolero y del dramatismo de una plataforma marítima. Cabe en la palma de una mano. En algunos casos se pierde entre los componentes de un teléfono, un auto, un misil, una computadora portátil, un tomógrafo o un servidor de inteligencia artificial. La miniaturización engaña. En los chips se aloja una parte creciente del enorme poder económico, militar y político del siglo XXI.
La competencia y la presión tecnológica produjo una industria extraordinaria y despiadada. Fabricar chips avanzados exige una combinación difícil de reunir. Ingenieros especializados, inversiones enormes, proveedores confiables, protección de la propiedad intelectual, estabilidad política, energía segura, agua ultrapura, logística precisa y seguridad física. Pocos países pueden sostener al mismo tiempo todas esas condiciones.
Taiwán llegó a ese lugar por una combinación de estrategia estatal, oportunidad geopolítica, improvisaciones y aprendizaje industrial. La isla construyó una posición en la cadena de valor global durante la Guerra Fría y la posguerra asiática, con apoyo de Estados Unidos, formación técnica, inversión pública, alianzas internacionales y una comprensión temprana de que la industria electrónica podía funcionar como escudo económico. En términos políticos, Taiwán produjo chips y también produjo “indispensabilidad”.
El punto de inflexión fue TSMC. Fundada en 1987, la “Taiwan Semiconductor Manufacturing Company” consolidó un modelo que separó el diseño de los chips de su fabricación. Morris Chang entendió que muchas empresas podían diseñar circuitos y muy pocas podían construir las plantas necesarias para producirlos. La fundición de semiconductores por encargo, conocida en la industria como foundry, permitió que firmas dedicadas al diseño encargaran producción avanzada preservando sus planos frente a competidores directos. Esa decisión organizó una parte enorme del capitalismo digital contemporáneo. Con ese modelo, el ecosistema de compañías dedicadas al diseño de chips sin planta propia encontró una vía de expansión impensable bajo el antiguo esquema integrado.
El resultado es una concentración industrial de alcance geopolítico. Taiwán sigue siendo un centro crítico de la cadena global de semiconductores, con más del 60 por ciento de los ingresos globales de fundición y más del 90 por ciento de la fabricación de chips de vanguardia. Compañías como Apple, NVIDIA y AMD dependen de las capacidades manufactureras avanzadas de TSMC.
Ese porcentaje tiene sobre todo un gran significado político. Cuando una sola isla concentra semejante capacidad, su relevancia se vuelve global.
Ya no se discute sobre quién innova, quién diseña o quién vende dispositivos sino en quién puede fabricar procesadores y chips en el límite de lo físicamente posible.
En mi artículo previo Geopolítica, GPUs e IA planteé que la inteligencia artificial exige pensar su base material. Esa base incluye capacidad de cómputo, centros de datos, energía y chips avanzados. Esa discusión empieza en las GPUs y termina, inevitablemente, en Taiwán.
Porque la inteligencia artificial ha vuelto todavía más sensible esta dependencia. Los modelos de lenguaje, la visión computacional, la simulación científica, la robótica avanzada, el diseño de medicamentos, la defensa y las finanzas necesitan capacidades de análisis crecientes. Y esto se apoya en aceleradores fabricados con tecnologías de punta.
En términos prácticos, la promesa de una economía agéntica, automatizada y predictiva descansa sobre plantas industriales ubicadas en una zona atravesada por tensiones militares, disputas de soberanía y riesgos naturales.
Es decir que la potente economía digital, que suele presentarse como liviana, inmaterial y flexible, depende de una cadena rígida, cara y territorialmente concentrada.
Desarrollar una fábrica de semiconductores avanzados requiere años, miles de proveedores, ingenieros altamente especializados, propiedad intelectual protegida, equipos únicos, controles ambientales extremos y una curva de aprendizaje acumulada. Esa materialidad incomoda a quienes siguen pensando la globalización como un sistema de flujos sólo digitales o abstractos.
Por eso es que el estrecho de Taiwán se vuelve una frontera límite para la economía mundial. Allí se decide una parte sustancial de la continuidad digital. Cualquier interrupción prolongada de la producción impactaría en cadena en esta nueva economía global digital.
Las automotrices podrían quedarse sin microcontroladores para terminar vehículos, como ocurrío hace poco. Los hospitales podrían sufrir demoras en equipos médicos. Los bancos quedarían más expuestos a fallas de infraestructura tecnológica. Los servicios en la nube tendrían dificultades para ampliar su capacidad. Los Estados podrían enfrentar problemas para sostener sistemas de defensa, vigilancia y comunicaciones. Las empresas de inteligencia artificial, por su parte, encontrarían límites concretos para entrenar o desplegar nuevos modelos.
La comparación con Ormuz permite ubicar el problema en una escala reconocible. El petróleo alimentó la era industrial. Los semiconductores alimentan la era computacional.
Ormuz es el cuello de botella del movimiento energético tradicional. Taiwán es el cuello de botella del cálculo y la IA.
El riesgo mayor aparece cuando ese cuello de botella tecnológico se cruza con la disputa política por Taiwán. Un conflicto abierto tendría una escala muy superior a una guerra local entre China y una isla separada del continente por poco más de cien kilómetros de mar.
Taiwán está ubicado en el centro de tres sistemas superpuestos. La seguridad militar del Indo-Pacífico, la economía mundial de los semiconductores y la competencia estratégica entre China y Estados Unidos. Esa superposición convierte cualquier crisis en un problema global.
China mantiene una presión militar sostenida sobre la isla. Y ese tipo de actividad forma parte de una presión persistente que Taipei suele describir como operaciones de zona gris, orientadas a modificar el entorno estratégico sin cruzar de inmediato el umbral de una guerra abierta.
En el caso de una invasión es obvio quel el involucrado central sería Taiwán. Su objetivo central consistiría en resistir el desembarco, preservar el gobierno, mantener operativos aeropuertos, puertos, comunicaciones, radares, reservas energéticas y centros de mando. La defensa taiwanesa se concentraría en negar a China una victoria rápida. En una isla, la clave consiste en impedir que el atacante cruce el estrecho, desembarque, sostenga líneas logísticas y tome centros políticos antes de que la presión internacional y militar vuelva inmanejable la operación.
El segundo involucrado sería Estados Unidos. Washington conserva una política de ambigüedad estratégica, con apoyo político, militar y tecnológico a Taiwán sin una garantía automática y explícita de intervención directa. Esa ambigüedad busca dejar a Beijing sin certezas sobre la respuesta norteamericana. Una intervención estadounidense podría combinar inteligencia, defensa aérea y marítima, guerra electrónica, ciberoperaciones, logística, reposición de armamento, sanciones económicas y ataques contra fuerzas chinas involucradas en la operación. Por supuesto eso elevaría el conflicto a una guerra entre dos potencias nucleares por lo que todos los actores intentarían calibrar sus movimientos antes de actuar.
Para Japón sería difícil evitar la participación. Las bases estadounidenses en territorio japonés, en especial en Okinawa, serían centrales para cualquier operación norteamericana en defensa de Taiwán.
Japón también mira Taiwán como parte de su propia seguridad marítima. Una China capaz de controlar Taiwán tendría mayor proyección sobre el mar de China Oriental, las rutas hacia el Pacífico occidental y el entorno de las islas japonesas del sur.
Filipinas quedaría bajo presión por su ubicación al sur de Taiwán. Su territorio resulta relevante para vigilancia, logística y despliegue estadounidense.
Australia, Corea del Sur, la Unión Europea y el Reino Unido participarían de maneras diferenciadas. Apoyo logístico, inteligencia, sanciones, controles tecnológicos, presión diplomática o coordinación militar indirecta.
Aunque las simulaciones de guerra sobre una invasión china por parte del Center for Strategic and International Studies (CSIS), muestran serias dificultades para que China consiga la victoria, una situación de guerra tendría un costo muy elevado para el mundo entero.
La inteligencia estadounidense evaluó en 2026 que los líderes chinos no planeaban ejecutar una invasión en 2027 ni tenían un calendario fijo para la unificación, aun cuando China continúa desarrollando capacidades militares para ese tipo de escenario. Esa evaluación también señaló que Beijing preferiría lograr sus objetivos sin recurrir a la fuerza, con la opción militar siempre abierta.
La razón principal reside en el costo político de fracasar. Para Xi Jinping, una operación fallida sería un golpe enorme a la legitimidad del Partido Comunista, a la imagen de modernización militar y a la narrativa de rejuvenecimiento nacional.
Una guerra prolongada, con miles de bajas, sanciones masivas, destrucción de infraestructura crítica y posible intervención estadounidense, podría convertir una apuesta nacionalista en una crisis del régimen.
En un sistema político muy centralizado, el éxito militar puede reforzar el poder. El fracaso militar puede amenazarlo.
Por otro lado, China depende profundamente del comercio exterior, de importaciones energéticas, de mercados financieros, de tecnología extranjera y de cadenas de valor globales. Una invasión desataría sanciones, controles de exportación, fuga de capitales, interrupción logística y presión sobre empresas chinas. También pondría en riesgo aquello que China desearía controlar. TSMC y el ecosistema taiwanés de semiconductores son una infraestructura de precisión extrema. Una guerra podría destruir plantas, cortar suministros, provocar evacuación de técnicos, inutilizar equipos, romper contratos y dejar instalaciones dañadas o imposibles de operar.
La tercera razón por la cual una invasión es improbable, es puramente militar. China puede intimidar, bloquear parcialmente, lanzar ejercicios masivos y saturar el espacio aéreo y marítimo alrededor de la isla. Pero una invasión exige un nivel superior de certidumbre. Beijing tendría que contemplar un escenario donde inicia la guerra y luego no puede cerrarla.
La cuarta razón es que China dispone de alternativas menos costosas que una invasión. Puede seguir aumentando la presión militar, realizar bloqueos parciales, atacar la diplomacia taiwanesa, interferir en comunicaciones, operar en el ciberespacio, presionar a empresas, influir sobre la política interna taiwanesa y desgastar psicológicamente a la población. La coerción prolongada permite modificar el equilibrio sin asumir de inmediato el costo máximo de una guerra total.
El escenario más probable, por lo tanto, es una intensificación gradual de la presión. Esa dinámica puede ser más estable que una invasión y, al mismo tiempo, más peligrosa de lo que parece, porque normaliza la presión y aumenta las chances de error de cálculo.
Dicho esto, el escenario más delicado podría ser un bloqueo parcial. China podría intentar controlar el tráfico marítimo y aéreo bajo el argumento de inspecciones, ejercicios o medidas internas. Esa vía tiene atractivo estratégico porque permite presionar a Taiwán sin iniciar de inmediato una invasión anfibia. También crea un dilema para Estados Unidos. Aceptar el bloqueo consolidaría la coerción. Romperla podría iniciar enfrentamientos directos.
Aunque parezca atemporal, la palabra “soberanía” vuelve al centro de la discusión política y económica después de años en los que se habló de eficiencia, integración y cadenas globales optimizadas. Aunque esa lógica produjo bienes baratos, especialización y escalas productivas formidables, también produjo fragilidades extremas.
Ante esta situación la respuesta de las potencias consiste en diversificar proveedores y soluciones, preservando la interdependencia necesaria para que el sistema siga funcionando. Estados Unidos busca atraer fábricas. Europa promueve programas de reindustrialización mientras que Japón y Corea refuerzan sus capacidades. Por ello TSMC construye instalaciones fuera de Taiwán, como una planta de empaquetado de chips en Arizona hacia 2029, una decisión clave porque el empaquetado avanzado se volvió un cuello de botella para los chips de inteligencia artificial.
Sin embargo, nada de esto reduce la escala de dependencia. Tener una planta en otro país dista mucho de poder duplicar el ecosistema de producción taiwanés.
Para América Latina, esta discusión suele parecer lejana, sin embargo tiene implicancias directas. La región carece, en el corto plazo, de condiciones para competir en la fabricación más avanzada de semiconductores. Esa constatación exige una agenda propia, actualmente condicionada por la presión de Estados Unidos sobre las posibles relaciones con China por ejemplo.
Los países periféricos deberán decidir cómo compran tecnología, aseguran continuidad operativa, protegen datos, forman talento, negocian con proveedores de nube, participan en cadenas menos sofisticadas y cómo evitan que la nueva brecha tecnológica se vuelva irreversible. La dependencia se puede administrar con estrategia, capacidades locales y alianzas inteligentes más allá de lo que las potencias pretendan imponer.
Es importante ser realistas y abandonar cierta fantasía “digital”. La inteligencia artificial existe como una interfaz amable y como una promesa de productividad, pero también como una infraestructura material. Necesita energía, chips, servidores, refrigeración, cables submarinos, centros de datos, minerales, capital financiero y acuerdos geopolíticos. Esa materialidad obliga a pensar la economía digital como una infraestructura crítica, con riesgos técnicos, políticos y territoriales, pero América Latina puede tener allí anclajes importantes para negociar.
Volviendo al punto central de este extenso artículo, Taiwán dejó de ser solo una cuestión de soberanía territorial entre Beijing y Taipéi. Es un problema sistémico para la economía mundial. También es una advertencia sobre el tipo de globalización que se ha construido.
La economía global, que ahorró costos durante décadas tercerizando barato, terminó acumulando vulnerabilidades extremas.
El estrecho de Taiwan define nada menos que la política del siglo XXI al unir tres dimensiones que antes podían analizarse por separado. Tecnología, seguridad y producción.
El control de la capacidad de cómputo ya no pertenece solo al campo de la innovación empresarial, forma parte de la seguridad nacional, de la política industrial y del equilibrio global.
Es posible que la próxima gran crisis global empiece lejos de los embargos petroleros y del cierre de oleoductos. Podría empezar con una interrupción en la fabricación de chips avanzados por un ciberataque, un bloqueo parcial, una escalada militar mal calculada o un simple terremoto.
Fuentes
Agencia Internacional de Energía. Información sobre el estrecho de Ormuz, tránsito de petróleo y riesgos de interrupción. (IEA)
Banco Mundial. Commodity Markets Outlook, abril de 2026. Proyección de suba de precios energéticos por la guerra en Medio Oriente. (World Bank)
Departamento de Comercio de Estados Unidos. Guía comercial sobre semiconductores en Taiwán, diseño de chips e inteligencia artificial. (Trade.gov)
TSMC. Informe anual 2025, clientes, productos y tecnologías de proceso. (investor.tsmc.com)
ASML. Información institucional sobre sistemas de litografía EUV. (ASML)
Información periodística de abril de 2026 sobre avances de TSMC, litografía EUV y High NA de ASML. (Reuters)
Información periodística de abril de 2026 sobre la planta de empaquetado avanzado de TSMC en Arizona. (Reuters)
Pablo Rojas Díaz. Geopolítica, GPUs e IA. https://pablorojasdiaz.substack.com/p/geopolitica-gpus-e-ia
Información periodística de abril de 2026 sobre la presencia de buques chinos cerca de Penghu y la alerta taiwanesa. (Reuters)
Información periodística de abril de 2026 sobre el pedido estadounidense a Taiwán para aprobar presupuesto de defensa. (Reuters)
Evaluación pública de inteligencia estadounidense de 2026 sobre la ausencia de un calendario fijo chino para una invasión a Taiwán en 2027. (Reuters)


