La fe como instrumento

La batalla filosófica (poco visible) que redefine el escenario político

Los sistemas de creencias son un elemento central en la definición del comportamiento social. Funcionan como marcos interpretativos que ordenan la percepción de la realidad, jerarquizan problemas y orientan decisiones. Desde los trabajos clásicos sobre cultura política hasta los enfoques contemporáneos sobre comportamiento electoral, existe un consenso amplio al respecto. Las creencias moldean preferencias, delimitan lo pensable (y posible) y condicionan el tipo de vínculo que los individuos establecen con el Estado, el mercado y la comunidad.

Cuando un sistema de creencias cambia de forma masiva se reconfigura el plano de lo simbólico, las bases de legitimidad del poder, las expectativas sobre la acción pública y las formas de participación política. En América Latina, ese proceso está en marcha desde hace varias décadas a partir de una transformación del campo religioso.

Durante buena parte del siglo XX, la matriz católica operó como estructura cultural dominante. Su concepción de la persona como ser relacional, anclada en la tradición aristotélico-tomista, implicaba una idea de comunidad donde el bien común ocupaba un lugar central. La libertad se entendía en relación con la responsabilidad social y la vida en común. En ese marco, la intervención del Estado podía justificarse como mecanismo para equilibrar desigualdades y garantizar condiciones mínimas de dignidad.

Ese esquema comenzó a tensionarse con fuerza en el contexto de los cambios eclesiales de los años sesenta y setenta. La emergencia de corrientes que vinculaban fe y transformación social generó una reconfiguración interna en la Iglesia y una preocupación externa en términos geopolíticos.

El diagnóstico estratégico que se consolidó en los Estados Unidos durante la Guerra Fría identificó a la iglesia católica como un enemigo ideológico. Documentos como el Informe Rockefeller de 1969 señalaban que la Iglesia Católica latinoamericana había dejado de ser un aliado confiable en la región debido a su creciente compromiso con agendas sociales. A partir de allí, los llamados Documentos de Santa Fe, en particular el de 1980, caracterizaron a la Teología de la Liberación en particular como una amenaza ideológica que debía ser contenida.

Durante la administración de Ronald Reagan, la promoción del evangelismo se integró de forma explícita a la política exterior. Se financiaron redes religiosas, se impulsó la expansión de tele-evangelistas hacia América Latina, y se fortalecieron estructuras organizativas con capacidad de inserción territorial. Diversos trabajos académicos coinciden en que agencias vinculadas a la cooperación internacional y organizaciones paraestatales facilitaron esta expansión como parte de una estrategia de contención ideológica en el contexto de la Guerra Fría. Existe suficiente evidencia documentada de una promoción activa que buscaba desplazar el eje de la movilización social desde lo colectivo hacia lo individual.

Los datos de algún modo confirman que esta política tuvo éxito. En 1970, más del 90 por ciento de la población latinoamericana se identificaba como católica. Para 2020, ese porcentaje descendió a valores cercanos al 60 por ciento en varios países, mientras que el evangelismo creció de cifras marginales a representar entre el 20 y el 30 por ciento de la población regional, con picos superiores en países como Brasil, Guatemala y Honduras. En Brasil, por ejemplo, los evangélicos pasaron de menos del 10 por ciento en 1980 a más del 30 por ciento en la actualidad. En Guatemala, superan el 40 por ciento. En Chile, regiones como el Biobío registran más de un 30 por ciento de población protestante.

Este crecimiento además tiene patrones comunes, se concentra en sectores populares, en periferias urbanas y en territorios donde la presencia estatal es débil. Allí, las iglesias evangélicas no solo predican. Construyen comunidad, ofrecen asistencia, generan redes laborales y organizan la vida cotidiana. En muchos casos, operan como estructuras informales que cumplen funciones paraestatales.

La mirada analítica no debe centrarse sólo en el desplazamiento cuantitativo de la población hacia otros sistemas de creencias religiosas sino el efecto que esto tiene sobre lo político en sentido amplio. Es el contenido filosófico de este cambio lo que requiere mayor atención y análisis.

El evangelismo, en particular en sus variantes pentecostales y neopentecostales, introduce una ética centrada en el individuo. La relación con lo divino se construye de manera directa, sin mediaciones institucionales fuertes. La salvación y el éxito se vinculan con la conducta personal.

En la tradición católica, especialmente en su desarrollo moderno a partir de la Doctrina Social de la Iglesia, la persona ha sido entendida como un ser constitutivamente relacional. Sólo se realiza en comunidad, en el vínculo grupal que se asume esencial en el ser humano como animal social. De allí surge la noción de bien común como principio organizador de la vida social. Este concepto no alude a la suma de intereses individuales, sino a un orden que permite el desarrollo integral de todos los miembros de la comunidad.

En ese marco, el Estado adquiere legitimidad como instancia que debe garantizar condiciones de equidad, corregir desigualdades estructurales y asegurar derechos básicos. La intervención pública resulta así una herramienta necesaria para sostener ese equilibrio. Esta perspectiva habilitó históricamente la articulación entre Iglesia, movimientos sociales y políticas públicas orientadas a la inclusión y el reconocimiento de derechos, especialmente en América Latina.

El evangelismo contemporáneo, en particular en su vertiente neopentecostal, introduce un desplazamiento profundo en este esquema. La relación con lo divino se construye de manera directa y personal, la salvación se define en términos individuales y la trayectoria vital se interpreta como resultado del esfuerzo personal sobre todas las cosas. Esta lógica reconfigura la manera en que se entiende la responsabilidad.

La Teología de la Prosperidad en particular profundiza esta transformación. El éxito económico deja de ser un resultado de construcción compleja y pasa a interpretarse como una bendición divina concreta. La disciplina, el esfuerzo y la conducta moral individuales son presentados como condiciones suficientes para alcanzar ese estado. En consecuencia, la pobreza tiende a explicarse como una situación reversible a partir de cambios en el comportamiento personal.

La comunidad es construida por asociatividad individual, como una red relacional de contención y/o promoción interpersonal. El individuo precede a lo colectivo.

Este cambio de enfoque tiene efectos concretos sobre la percepción del Estado. Si el bienestar depende fundamentalmente de la conducta individual, la intervención estatal pierde centralidad. Puede incluso ser percibida como un obstáculo que desalienta el esfuerzo o interfiere en el orden moral que se supone conduce al éxito. La asistencia social, en este marco, deja de ser un derecho para convertirse en un elemento que se contrapone a la ayuda entre individuos e incluso puede debilitar la autosuficiencia.

La diferencia no implica la desaparición de la comunidad, aunque redefine su función. En el evangelismo, la comunidad religiosa cumple un rol activo en la contención, en la generación de redes y en el acompañamiento cotidiano. Esa comunidad existe, aunque no se orienta prioritariamente a la transformación estructural del entorno, sino al fortalecimiento del individuo dentro de ese entorno. La ayuda se canaliza a través de vínculos directos y no necesariamente mediante demandas hacia el Estado.

Desde una perspectiva politológica, esta transformación altera los incentivos y las expectativas. En un esquema comunitario, los actores tienden a organizarse para reclamar derechos, demandar políticas públicas y construir soluciones colectivas. En un esquema individualista, la acción se orienta a la construcción de relaciones funcionales, la mejora personal y a la adaptación al entorno existente. La política pierde centralidad como herramienta de cambio estructural y gana peso la dimensión moral del comportamiento individual y la organización en grupos de interés.

Este desplazamiento ayuda a explicar por qué determinadas propuestas políticas encuentran mayor receptividad en contextos donde estas creencias se consolidan. Cuando la autosuficiencia se convierte en valor dominante, las ideas que promueven la reducción del Estado, la desregulación y la responsabilidad individual adquieren mayor legitimidad social. No operan solo como propuestas económicas, sino como extensiones coherentes de un sistema de creencias más amplio.

Este desplazamiento impacta en el comportamiento electoral, al cambiar los marcos de encuadre (framing), modificando la percepción y el sentido de las cosas, se alteran también las preferencias políticas.

Brasil ofrece el caso más evidente. El crecimiento evangélico se tradujo en la consolidación de un bloque político con capacidad de incidencia directa. El llamado “bloque de la Biblia” representa aproximadamente una cuarta parte del electorado y ha sido determinante en elecciones recientes. Su apoyo a Jair Bolsonaro en 2018 se articuló en torno a valores religiosos, rechazo a agendas progresistas y afinidad con propuestas económicas de corte liberal.

Pero también Colombia muestra un proceso sostenido de politización del evangelismo. Las iglesias han influido en debates centrales y han consolidado representación legislativa. La movilización se organiza en torno a temas como familia, educación y moral pública, con impacto directo en decisiones electorales.

En Centroamérica, Guatemala y Honduras los niveles de penetración evangélica que supera ampliamente el promedio regional. En estos países, la influencia política de las iglesias se expresa tanto en el apoyo a candidatos como en la formación de estructuras partidarias propias.

Chile atraviesa una fase de institucionalización político religiosa. El crecimiento evangélico se traduce en la creación de partidos y en alianzas con sectores conservadores. Regiones con alta presencia protestante muestran patrones de voto diferenciados y una creciente articulación entre identidad religiosa y comportamiento político.

Perú presenta un escenario donde el evangelismo combina inserción territorial con aspiraciones de influencia estatal. En los sectores populares urbanos, las iglesias funcionan como redes de organización social. La idea de “reconquista” del espacio público expresa una voluntad explícita de intervención política. Este proceso convive con un sistema político fragmentado, donde las identidades religiosas comienzan a operar como criterio de alineamiento electoral. Las próximas elecciones harán más o menos evidente la influencia actual de estas iglesias.

Bolivia muestra cómo la religión puede convertirse en un recurso de movilización en contextos de crisis. Durante los episodios de 2019, el discurso religioso adquirió centralidad en la legitimación de actores políticos. En paralelo, el crecimiento del pentecostalismo en zonas urbanas periféricas refuerza la presencia de estos marcos culturales.

Argentina presenta una configuración más compleja y, al mismo tiempo, más reveladora. El crecimiento evangélico es sostenido, aunque aún por debajo de otros países de la región. Sin embargo, su influencia política crece a través de redes territoriales, medios de comunicación y la articulación con actores políticos.

En este contexto, el campo evangélico argentino no es homogéneo. Existen tensiones internas que tienen implicancias políticas directas. Por un lado, ACIERA (Alianza Cristiana de las Iglesias Evangélicas de la República Argentina), que nuclea mayoritariamente a iglesias pentecostales, sostiene una postura de cercanía simbólica con el gobierno actual. Su discurso enfatiza la necesidad de acompañar la “batalla cultural” y suele alinearse con posiciones conservadoras en temas sociales.

Por otro lado, la FAIE (Federación Argentina de Iglesias Evangélicas), que agrupa a iglesias evangélicas históricas, adopta una posición crítica. Sus pronunciamientos han cuestionado propuestas vinculadas a la desregulación extrema, la flexibilización normativa y ciertas políticas públicas. Su enfoque retoma elementos de una ética social más cercana a la tradición protestante histórica, con énfasis en la justicia y la responsabilidad colectiva.

Este enfrentamiento no es menor. Expresa una disputa por el sentido del evangelismo en la esfera pública. Una corriente tiende a converger con proyectos liberales y libertarios, mientras otra busca mantener una lectura social de la fe.

La figura de Javier Milei introduce un elemento adicional. Su propuesta libertaria, centrada en la reducción del Estado y en la exaltación del individuo, encuentra puntos de contacto con sectores del evangelismo, especialmente aquellos vinculados a la Teología de la Prosperidad. Al mismo tiempo, genera resistencias en otros sectores que consideran que esa visión debilita la dimensión social de la fe.

El resultado es un campo religioso en disputa, con implicancias directas sobre el sistema político.

El rol territorial de las iglesias resulta clave para entender la persistencia de este fenómeno. En barrios donde el Estado tiene presencia limitada, las iglesias funcionan como estructuras de organización social. Proveen asistencia, generan redes de confianza y establecen normas de comportamiento. En ese contexto, la fe se convierte en un recurso práctico además de simbólico.

Si miramos hacia el futuro, es probable que esta influencia como mínimos se mantendrá. Por otro lado, en el escenario actual de baja natalidad y envejecimiento poblacional, es probable que los desafíos en términos de cuidado de mayores podrían ser parcialmente absorbidos por estas organizaciones ampliando su base social hacia los adultos mayores.

Por otra parte, la expansión de redes digitales permite a los líderes religiosos amplificar su alcance y su capacidad de movilización.

Es previsible que la tensión entre laicidad estatal y demandas de reconocimiento por parte de actores religiosos se convierta en un eje de conflicto creciente. Los debates sobre educación, derechos reproductivos y políticas sociales ofrecen indicios de esa dinámica.

El cambio en el sistema de creencias redefine las bases de la acción política y en consecuencia afectará la representación política que seguramente adoptará nuevas formas con perfiles políticos distintos.

La fe, en este escenario, opera en múltiples niveles. Es experiencia personal, red social y herramienta de organización. También es un dispositivo que contribuye a reconfigurar el modo en que se conciben la libertad, la igualdad y el rol del Estado.

Entender esta convergencia permite dimensionar su impacto sobre el presente y su capacidad de moldear los escenarios políticos futuros.



Lecturas recomendadas:

Berryman, P. (1989). Teología de la liberación: Los hechos esenciales sobre el movimiento revolucionario en América Latina. Siglo XXI Editores.

Bowler, K. (2013). Blessed: A history of the American prosperity gospel. Oxford University Press.

Feulner, E. J. (1981). Una nueva política interamericana para los años ochenta (Documento de Santa Fe). Council for Inter-American Security.

Freston, P. (2004). Evangélicos y política en América Latina. En varios autores, Religión y política en América Latina (compilaciones académicas).

Gill, A. (1998). Rendering unto Caesar: The Catholic Church and the state in Latin America. University of Chicago Press.

Gutiérrez, G. (1971). Teología de la liberación: Perspectivas. CEP.

Inglehart, R., & Welzel, C. (2006). Modernización, cambio cultural y democracia: La secuencia del desarrollo humano. Centro de Investigaciones Sociológicas.

Mainwaring, S., & Scully, T. (Eds.). (2003). La Iglesia y la política en América Latina. Cambridge University Press.

Pérez Guadalupe, J. L., & Grundberger, S. (Eds.). (2018). Evangélicos y poder en América Latina. Instituto de Estudios Social Cristianos / Konrad Adenauer Stiftung.

Pew Research Center. (2014). Religión en América Latina: Cambio generalizado en una región históricamente católica. https://www.pewresearch.org/religion/2014/11/13/religion-in-latin-america/

Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. (2005). Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Libreria Editrice Vaticana. http://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html

Weber, M. (2002). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Alianza Editorial.

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