La desigualdad entre quienes pueden administrar su atención y los que no.

Alguna vez escuché decir que para distinguir a alguien con poder adquisitivo alto de quien tiene ingresos bajos, sólo bastaba con mirar el horno de su casa. Cuantas más cosas se guardan en él, menores son los ingresos.
Algo similar está ocurriendo en estos tiempos con la conexión y/o la desconexión del mundo “digital” y la posibilidad real de gestionar a qué le prestamos atención o en qué la malgastamos a voluntad.
Quien puede dejar un mensaje sin responder, abandonar las redes durante varias horas o pasar un fin de semana “offline” es un privilegiado, casi tanto como quien tiene el horno vacío de cacharros.
En la economía real de hoy son cada vez más las personas que no pueden “desenchufarse”, porque eso implicaría perder un cliente, un trabajo, una entrega, una oportunidad laboral, una información clave o la caída de seguidores.
La conexión a internet alcanzó una distribución masiva hace unos años, convirtiéndose en un elemento básico de la vida cotidiana que incluye el trabajo y hasta las relaciones intrafamiliares. Sin embargo, la capacidad de interrumpir la conexión a voluntad quedó mucho más concentrada.
Durante décadas, la brecha digital describió la distancia entre quienes tenían acceso a internet y quienes no. Esa desigualdad conserva una enorme importancia, sobre todo donde la conectividad resulta cara, inestable o insuficiente. A medida que la red global comenzó a formar parte del trabajo, de la educación, de los trámites, del consumo e incluso de las relaciones personales, apareció esta otra diferencia socioeconómica que comienza a ser un factor importante, entre otras cosas por sus efectos negativos sobre la salud, para citar sólo un ejemplo.
La literatura académica denomina a esta nueva dimensión de desigualdad “brecha digital de tercer nivel”.
El primer nivel de desigualdad se relaciona con el acceso a la red que separa a quienes tienen conexión de los que no. El segundo nivel se relaciona con el estudio de las habilidades y las formas de uso, que separa a los que “saben y explotan mejor las posibilidades” de los que no pueden hacerlo totalmente. El tercer nivel del que hablamos acá separa a personas que pueden administrar su atención, frente a quienes no pueden desconectarse.
Dos personas pueden tener un teléfono similar con la misma aplicación instalada, pero vivir experiencias opuestas. Una utiliza la red para ampliar sus contactos profesionales y automatizar tareas, por lo tanto, podría elegir cuándo estar disponible. La otra depende de ese mismo dispositivo y aplicación para recibir pedidos, responder a superiores, gestionar turnos médicos, acompañar la escolaridad de sus hijos y sostener relaciones que exigen respuestas inmediatas. La diferencia no es inocua para la vida humana y representa una desigualdad que entre otros aspectos profundiza la diferencia de ingresos y de género.
Un estudio publicado, en el Journal of Communication en 2023, examinó las prácticas de desconexión de 1.551 adultos estadounidenses durante la pandemia. Encontró que la “reducción voluntaria” del uso de redes y plataformas digitales de comunicación estaba asociada, entre otros factores, con una mayor educación, mejores habilidades digitales, más ingresos y un uso frecuente de internet. Aunque también aparecía entre aquellas personas con conexiones poco confiables. Resulta importante distinguir entre esas dos experiencias que pueden parecer iguales, pero no lo son. Apagar o desatender el teléfono por decisión propia, expresa autonomía; quedar afuera por falta de datos, mala señal o escasez material expresa privación (desconexión involuntaria).
Una persona con ingresos estables altos, en una posición de autoridad laboral, que dispone de vivienda propia adecuada y que cuenta con redes de apoyo parece ser el prototipo de individuos que tienen mayor libertad para manejar su atención, silenciar el dispositivo o desentenderse de él, porque los costos de la desconexión son muy bajos.
Un trabajador que tiene incorporado el WhatsApp como herramienta de trabajo, o alguien que vende por redes, o quien trabaja en algún servicio de aplicación repartiendo mercadería o llevando y trayendo personas están todos obligados a la conexión permanente, o al menos a un tiempo de conexión y/o uso “obligado”. Desconectarse impacta seriamente sobre sus vidas al alterar la ecuación económica por reducción de ingresos o pérdida de oportunidades.
En un mundo donde el smartphone es la puerta de acceso a un mercado, o es parte de la oficina, y donde la velocidad de respuesta es clave para la reputación de los trabajadores, la libertad de desconectarse es cuanto menos endeble.
Mientras trabajaba sobre este artículo para Substack, la misma plataforma me ofreció este artículo: «La desconexión digital también es un privilegio de clase», publicado por “Viernes en Kiribati”, que va en un sentido similar y recomiendo leer.
Este artículo compara los contenidos algorítmicos con la comida ultraprocesada y recupera a Pierre Bourdieu para explicar por qué el gusto, la atención y la capacidad de elegir se forman dentro de condiciones sociales concretas como limitantes o facilitadoras.
La comparación funciona porque el contenido breve, gratuito y de estímulo intenso, como los videos cortos en las redes, encaja perfecto en jornadas fragmentadas de la vida actual, caracterizada por viajes al trabajo o la escuela y universidad o pausas laborales pequeñas, pero sobre todo encastra milimétricamente en hogares con pocas alternativas culturales reales. Las plataformas ocupan con eficiencia y aparente bajo costo los tiempos que otras instituciones dejaron vacíos.
Algunos estudios señalan, aunque no en forma definitiva ni determinante, que existiría un mayor tiempo dedicado a las pantallas en sectores socioeconómicos de menores ingresos.
El informe de “Common Sense Media” publicado en 2025 encontró que los niños estadounidenses de hasta ocho años pertenecientes a hogares con ingresos bajos pasaban un promedio diario de tres horas y cuarenta y ocho minutos frente a pantallas. En hogares con ingresos superiores, el promedio era de una hora y cincuenta y dos minutos.
La distancia entre ambos grupos habla del tipo de tiempo disponible, el acompañamiento y las alternativas disponibles. Donde algunos resuelven la tarde jugando o mirando videos en un teléfono porque los adultos trabajan tiempo extra, el barrio ofrece pocas opciones seguras y cualquier otra actividad requiere un dinero que no está disponible; otros tendrían la posibilidad de hacer deportes, actividades culturales extracurriculares o estar acompañados porque los padres disponen de mayor tiempo de ocio.
La educación, aún en el formato tradicional también empezó a transformarse en relación a la conexión-desconexión. Los colegios privados suelen sostener la desconexión o el no uso de teléfonos en el ámbito escolar como un indicador positivo de calidad. En Silicon Valley, Estados Unidos, y sólo para dar un ejemplo de notoriedad global, la “Waldorf School of the Peninsula” promociona una enseñanza sin teléfonos y deliberadamente limitada en tecnología. Su programa es libre de pantallas hasta quinto grado, incorpora un uso acotado entre sexto y octavo, y reserva la tecnología como herramienta de creación y análisis para la escuela secundaria. Las tarifas publicadas para el ciclo 2026-2027 van desde 34.900 dólares anuales en la primaria hasta 47.500 dólares en los últimos años del secundario, con un sistema de ayuda financiera. Este caso particular, paradigmático, condensa una paradoja de época, la protección sostenida de la “atención” y desconexión infantil parece requerir una educación de costos elevadísimos.
El hecho de que los hijos/as de dueños, ejecutivos y gerentes de las grandes compañías tecnológicas que compiten por captar nuestra atención asistan a este tipo de instituciones educativas no sería un dato menor.
Por otra parte, y como no podía ser de otra manera, el mercado tecnológico percibió la fricción entre calidad de vida e hiperconexión que empezaba a diferenciar potenciales clientes que podían además desintoxicar su atención. De allí que comenzaran a producir y comercializar teléfonos minimalistas o desarrollar aplicaciones que bloquean avisos y redes sociales, o programas que limitan el uso de aplicaciones, etc.
Hoy también es posible encontrar hoteles que ofrecen “descanso tecnológico” con inhibidores de conexión particular y sistemas de llamadas administradas para casos de emergencias. En tanto las suscripciones de servicios online que siempre tuvieron avisos publicitarios comenzaron a vender paquetes premium que los minimizan o eliminan para “no distraer”.
¡El mismo ecosistema que convirtió nuestra atención en mercancía ofrece productos a precios “módicos” para recuperarla!
Cabe señalar que la evidencia sobre la eficacia de los llamados detox digitales sigue siendo débil. Según una investigación publicada en “Communication Theory” en 2024, los resultados dependen del problema que se quiera minimizar, de la estrategia elegida, la fuerza de voluntad y las condiciones materiales y sociales de cada persona respecto de la conectividad (si puede o no desconectarse de forma prolongada). Funcionan mejor cuando la situación económica es estable y superior a la media, y por supuesto se requiere mucho dinero para acceder a ellos.
Así, quien no puede pagar con dinero el servicio gratuito de la aplicación que sea deberá seguir pagando con su atención, entregando los datos personales y la disponibilidad de tiempo que le reste a otras posibilidades. Poder pagar permite minimizar distracciones y alertas, delegar comunicaciones, elegir servicios sin publicidad y construir ambientes donde el dispositivo pierde funcionalidad.
El privilegio de la desconexión toma forma concreta, aunque discreta (aún), al necesitar de asistentes, de pagar un abono a servicios que filtran contenido, o disponer de personal, espacios, horarios y reglas que eliminan o reducen las urgencias, que de otro modo llegarían a la pantalla propia.
Esta desigualdad, en el ámbito laboral, se vuelve una relación de poder. La Organización Internacional del Trabajo define la gestión algorítmica como el uso de datos para organizar, asignar, monitorear, supervisar y evaluar tareas. En el trabajo de plataformas, el teléfono puede determinar un horario mínimo de servicio, qué encargo o solicitud se muestra, cuánto tiempo hay para aceptar y qué calificación recibe la persona que realiza la tarea solicitada.
La Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo advierte que estos sistemas pueden aumentar el ritmo laboral, recortar las pausas y el descanso requeridos, y también generar mayores riesgos psicosociales.
La promesa de flexibilidad horaria y sin un espacio de trabajo determinado oculta una dependencia intensa de conexión y en particular de la aplicación con la que se trabaja. Implica entregar la atención a cambio de no ir a la oficina y/o no tener horario fijo.
Argentina reconoció el derecho a la desconexión digital en el artículo 5 de la Ley 27.555. La norma establece que una persona contratada bajo la modalidad de teletrabajo puede desconectarse fuera de su jornada y durante sus licencias, sin recibir sanciones, y prohíbe al empleador exigir tareas o remitir comunicaciones durante esos períodos de tiempo. Quienes desarrollan su actividad laboral fuera de la modalidad teletrabajo carecen de esa protección legal salvo aplicación de jurisprudencia específica o arreglos contractuales particulares.
La distancia entre poseer el derecho de desconexión y ejercerlo suele hacerse más evidente cuando responder rápido un mensaje o estar en línea “cuando se lo necesita” influye sobre la posibilidad de una renovación contractual, un aumento, un ascenso o la decisión de “a quién despedir” en caso de una reducción de personal.
La disponibilidad permanente, por otra parte, es propia de los trabajos de cuidados. Los grupos familiares, las plataformas escolares, los turnos médicos, los calendarios, las compras y la organización cotidiana de la casa producen ahora una nueva capa de tareas digitales que crece y se vuelve cada vez más exigente, aunque no necesariamente visible.
Una investigación de Sara Van Bruyssel, Ralf De Wolf y Mariek Vanden Abeele mostró que el discurso comercial dominante sobre la desconexión presenta el cuidado de la atención/desconexión como una responsabilidad individual y reproduce desigualdades de género. La persona agotada recibe el mandato de “administrarse mejor”, incluso cuando parte de su conexión y atención sostiene la vida de otros. Absurdo por donde se lo mire.
El discurso pretende ocultar que la disciplina personal sólo es posible y tiene valor dentro de condiciones que la hacen posible y practicable. Hoy cada usuario se enfrenta diariamente a mecanismos cada vez más eficientes para captar la atención, con herramientas desarrolladas para tal fin por empresas del tamaño de Google, Amazon, etc.
La antigua política de inclusión digital buscaba que nadie quedara excluido por carecer de acceso a internet. Esta época ha dado lugar a una necesidad diferente. Hace falta impedir que millones de personas queden atrapadas por necesidad económica, obligación laboral o ausencia de opciones a la conectividad permanente.
Acceder a internet sigue siendo una condición de ciudadanía, pero poder desconectarse durante un tiempo, sin castigo y sin perder el trabajo o nuestro lugar en el mundo también debiera serlo.
Para Latinoamérica, lo preocupante, más allá de todo lo anterior, es que la discusión política sobre el tema prácticamente no existe o es esporádica, atada a cuestiones circunstanciales que impiden un abordaje integral.
Hemos asumido, lo dice Byung-Chul Han de todas las formas posibles, un estado de sobreexplotación sobre nosotros mismos a tal punto que naturalizamos las causas y consecuencias de esta nueva realidad. No es que no hay salida, sino que aceptamos que “las cosas son así”. Una ficción que juega muy en contra de la propia naturaleza humana.
El Estado, por ejemplo, podría regular patrones de diseño persuasivo, proteger a los trabajadores sometidos a gestión algorítmica y fortalecer bibliotecas, clubes, espacios públicos y propuestas culturales accesibles para la mayoría.
Mientras tanto, en una mesa, alguien guarda el teléfono y sabe que nada “explotará” en las próximas dos horas. En otra, alguien lo deja al lado del plato porque puede llegar un mensaje con trabajo, un llamado por dinero, un pedido de la escuela o una urgencia familiar. Ambos tienen conexión, sin embargo, uno tiene el privilegio de poder concentrar su atención en lo que va a pedir o comer, de ver pasar el tiempo, de degustar la comida en paz y disfrutar de la charla o el silencio sin consecuencias graves.
Más allá de cómo se tenga el horno, también habrá que ver en qué mesa nos sentamos.
Fuentes
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Ramontes. (2026, 14 de mayo). La desconexión digital también es un privilegio de clase. “Viernes en Kiribati”.
Politólogo, consultor político y especialista en seguridad vial, con más de veinte años de trayectoria en América Latina. Dirige la consultora EthosIA y es socio fundador de Grupo Siro. También es docente, conferencista y escritor, y dicta talleres de escritura creativa.


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