
Hace poco tuve la oportunidad de exponer en un congreso algunos aspectos sobre política y su relación con los avances tecnológicos. Un tema que tiene mucha tela para cortar y que genera mucho vértigo a la luz de cómo se acelera el proceso de innovación digital.
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Mi exposición pretendía enunciar alguna de las amenazas que a mi entender tienen estos avances, sin pretender ser pesimista. Es claro que los beneficios son evidentes al menos para la parte de la humanidad que tiene acceso a ellos.
Complicado con la tarea de armar una presentación que aborde la complejidad del tema de forma sencilla, recordé el artículo de Ted Gioia “El estado de la Cultura, 2024” publicado en su blog en “substack” en febrero de 2024 que de algún modo facilitó mi tarea y que recomiendo leer como complemento.
En este artículo pretendo resumir algo de esa presentación, con el riesgo que supone la simplificación extrema.
La cultura es de algún modo el reflejo del status quo de la sociedad. Algo así como el resultado de la vida diaria de las personas y sus formas, expresadas en un contenido específico que puede ser pintura, música, literatura, cine, etc. También es el resultado del ejercicio del poder político que, en nuestra cotidianidad, requiere generar contenido específico de comunicación y acciones influyentes sobre medios informativos, plataformas de redes sociales y la industria del entretenimiento en su conjunto. Y ello porque en el siglo XXI las herramientas culturales se han consolidado como instrumentos de poder con una dinámica inédita en la historia de la humanidad.
Así, los gobiernos y las corporaciones, conscientes de su capacidad de influencia, han tomado un rol protagónico en regular y promover narrativas que se alinean con sus intereses políticos. En muchos casos, la política se convierte en la productora indirecta de valores culturales hegemónicos, moldeando el contenido y sus valores subyacentes, desde los medios masivos hasta las plataformas de streaming.
La cultura también actúa como un mecanismo de cohesión y fragmentación social, lo cual se refleja en sociedades que se “entretienen” más con la pelea. Por ello también las identidades culturales están cada vez más polarizadas, exacerbadas por las agendas políticas que promueven una visión particular de la identidad nacional o regional. Estas divisiones culturales contribuyen a la fragmentación política, en donde las narrativas culturales sirven para reforzar las diferencias entre los ciudadanos, creando ejes de conflicto que dificulten el consenso y el diálogo político.
Las plataformas de redes sociales han amplificado estas divisiones, ofreciendo a los usuarios una cámara de eco que refuerza sus creencias, intensificando los contrastes en lugar de promover un diálogo integrador.
Históricamente, la cultura ha sido una forma de resistencia ante sistemas políticos opresivos, y en la actualidad sigue desempeñando este papel. Movimientos culturales como el arte de protesta, la música contestataria o la literatura crítica han servido para canalizar el descontento y promover cambios políticos. En el contexto actual, sin embargo, algunos movimientos que en un principio representaban una resistencia han sido cooptados o reinterpretados por instituciones políticas y empresariales, vaciándolos de su contenido “subversivo”. Esto plantea un primer desafío importante en la relación entre cultura y política.
Otro aspecto crucial es el efecto de los medios de distribución y consumo de los nuevos contenidos culturales, mediados por algoritmos que han sido desarrollados inicialmente para responder a preferencias personales. Este salto cualitativo que supuso el aprendizaje automatizado permitió resumir muchísima información en datos clave para agrupar las personas según gustos e incluso seguir aprendiendo de ellos continuamente hasta poder generar un “menú” de preferencias individuales.
El efecto cultural y político de esto es tan profundo como peligroso. En el libro “El Filtro Burbuja” publicado en 2017, su autor Eli Pariser explica cómo los algoritmos, internet para los usuarios comunes, condicionan lo que leemos, escuchamos, afectando nuestra forma de pensar e indirectamente de actuar sociopolíticamente.
Las redes y plataformas pretenden atención exclusiva y para ello explotan las preferencias de sus usuarios al extremo, lo cual podría ser bueno en términos de consumo, pero al tratarse de contenidos culturales lo negativo resulta al quedarnos atrapados en nuestros gustos sin que tengamos oportunidad de “probar” otras cosas simplemente porque no se nos ofrecen. Para las redes o plataformas ofrecer cosas distintas a lo que el algoritmo “sabe” que nos interesa es un riesgo enorme. Este aislamiento cultural y político exacerba posiciones en el escenario polarizado que mencionara más arriba.
Hoy, esta dinámica está sujeta a nuevas transformaciones, que extreman los efectos considerados más arriba.
En el artículo que mencionamos antes, Gioia afirma que “Estamos ante el mayor experimento de ingeniería social de la historia de la humanidad”. Y aunque no podemos decir que es una afirmación pesimista, no deja de incluir una advertencia.
La ATENCIÓN, es decir el “engagement”, de los usuarios hacia los contenidos, se ha convertido en el capital de corporaciones y políticos; de ello depende el valor bursátil o electoral. Quien no llama la atención de forma segmentada, desaparece en un universo inabarcable de contenidos. Por lo cual el empeño en destacarse define las estrategias políticas y comerciales.
Para la política, la respuesta inmediata ha sido apelar a exacerbar el conflicto incluyendo el uso y abuso del insulto o la agresión y la adopción de posiciones extremas.
Los propietarios de plataformas y redes, con más recursos y tiempos disponibles, han encarado un proceso menos reactivo y más de largo plazo. Apelaron a los avances permanentes en neurociencias, con la intención de entender el proceso por el cual los seres humanos enfocamos nuestra atención y preferencias, para poder intervenirlo. Así, conociendo los efectos de la dopamina en nuestro cuerpo, como la hormona del bienestar, el placer o la recompensa, la búsqueda se centra en provocar su producción en corto plazo y poder “atrapar” al consumidor de contenidos en un ciclo de adicción.
Ya no se trata de la sustancia, del contenido, sino de generar adictos.
Esto plantea el desafío adicional de no sólo no poder elegir por limitaciones impuestas por los algoritmos, sino por manipulación directa sobre nuestro proceso neuroquímico individual.
En el libro “Generación Dopamina” publicado en 2021, la psiquiatra norteamericana pretende alertar sobre la gestación de una generación adicta y, como tal afectada en todos los procesos mentales, una generación de humanos zombies. Dice: “La adicción puede resultar en una desconexión de problemas sociales y políticos reales, promoviendo una cultura de gratificación instantánea que limita el pensamiento crítico y la acción comprometida”.
No son pocos los científicos sociales que sostienen que estamos frente a la construcción de “La Matrix” en alusión a la película de las hermanas Wachowski, en una postura pesimista extrema, donde todos los contenidos serán creados por IA a medida de la cartera de la dama o el bolsillo del caballero.
Otras tesis en desarrollo, sostienen que una vez que se alcance un techo de consumo por medio de la tecnología y como reacción a la dependencia del placer inmediato se generará una reacción contraría que será tanto o más peligrosa en caso de ser protagonizada por movimientos culturales y políticos extremistas.
Pd.: No dejo de preguntarme si este artículo lo leerás por interés real o si algo externo provocó tu atención 😉
Politólogo, consultor político y especialista en seguridad vial, con más de veinte años de trayectoria en América Latina. Dirige la consultora EthosIA y es socio fundador de Grupo Siro. También es docente, conferencista y escritor, y dicta talleres de escritura creativa.

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