Los Redondos y la política del margen

“Por supuesto que una canción no cambia el mundo, pero hubo canciones que cambiaron mi mirada del mundo.”

Para muchos lectores de Iberoamérica, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota quizá no signifiquen demasiado pero es un desconocimiento comprensible. A diferencia de otros nombres enormes del rock argentino, como Charly García, Soda Stereo, Fito Páez o Gustavo Cerati, Los Redondos no construyeron una carrera regional sostenida. Fueron un fenómeno gigantesco en la Argentina, con una llegada muy fuerte a Uruguay y una circulación más reducida, de culto o de nicho, en otros países de habla hispana.

Los Redondos fueron profundamente políticos y por ello también incómodos, muy lejos de la prolijidad del mercado iberoamericano. Su fuerza nació de una relación muy intensa con un territorio, una lengua, una historia social y un público que encontró en sus canciones algo más que música. Por eso este texto también quiere funcionar como una breve presentación para quienes los conocen poco y como un homenaje personal.

Carlos Alberto Solari, el Indio, murió el 5 de junio de 2026 a los 77 años. Su muerte activó una despedida popular masiva que resultó difícil de explicar con las categorías habituales del espectáculo. Mucha gente despedía una parte de su propia biografía y un refugio simbólico en años socialmente duros mientras lloraban a un cantautor.

Los Redondos habían dejado de tocar como banda en 2001, aunque siguieron por separado. Solari llevaba años alejado de los escenarios por razones de salud, y aun así su figura seguía ocupando un lugar extraño, afectivo y político en la cultura argentina.

La primera clave para entenderlos está en la autogestión. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota hicieron de la independencia comercial un principio. Controlaron su producción, su circulación, su relación con el público, sus recitales, su imagen y una distancia particular frente a los medios. En ese dispositivo, Carmen Castro, la Negra Poli, fue una figura central. Sin su trabajo organizativo, la autonomía de la banda habría sido mucho más difícil de sostener. La banda podía hablar desde el margen y gritar a la cara porque había una estructura material capaz de financiar discos, alquilar espacios, organizar conciertos y preservar decisiones artísticas sin entregar el control a la industria.

Ese modelo tuvo un peso político concreto, se convertirían en un símbolo de rebeldía por acción y por el mensaje que resultaba exitoso aún sin televisión mediante. En los años ochenta y noventa, cuando el negocio musical tendía a concentrarse en grandes sellos, medios masivos y circuitos promocionales cada vez más profesionalizados, Los Redondos construyeron una economía propia. Vendían, llenaban estadios, circulaban de boca en boca y sostenían una relación directa con sus seguidores. No despreciaban el dinero ni la organización, les “jodía” la subordinación. Eso permite leer el fenómeno aún con mucha más precisión. La autonomía no fue una huida romántica del mercado, era la forma que construyeron para gestionar las condiciones de su propia inserción popular, cultural y comercial.

Para una parte del público, esa independencia funcionó como un ejemplo y modelo práctico. Mostraba que se podía construir poder cultural por fuera de los caminos consagrados. Los márgenes dejaban de ser únicamente un refugio donde se amontonaban broncas y desencantos, o un lugar de castigo o privación. Desde allí, desde ese “afuera”, el producto y las ideas como bandera podían convertirse en una posición de soberanía. En una Argentina atravesada por la concentración mediática, la crisis de representación política y la expansión de una cultura de consumo cada vez más agresiva, esa demostración tenía un valor que excedía la música y el arte en general.

La segunda clave está en el momento histórico. Los Redondos crecieron en la recuperación democrática y alcanzaron una masividad decisiva durante los años noventa. Esa década, en Argentina, estuvo marcada por un liberalismo salvaje, la convertibilidad, la privatización de empresas públicas, el debilitamiento del empleo industrial, el avance del consumo como promesa de éxito y pertenencia, y la expulsión silenciosa de mucha gente hacia la precariedad como condición de vida. Para algunos sectores, los noventa fueron una escena de modernización. Para otros, fueron el comienzo de una intemperie prolongada.

En ese paisaje, la banda le habló a una juventud que ya no encontraba anclajes claros en las instituciones tradicionales. El sindicato, la fábrica, la escuela pública como ascenso seguro, la promesa de progreso y la imagen familiar tradicional perdían fuerza para miles de jóvenes del conurbano bonaerense, de ciudades del interior y de barrios populares.

La sociología llamó a una parte de ese proceso rock chabón o rock barrial. Esa categoría ayuda a entender la transformación del público del rock argentino. La cultura que en otros momentos había tenido un fuerte peso de clases medias urbanas comenzó a alojar de manera más visible a jóvenes populares que llevaban al recital sus barrios, sus banderas, sus códigos y sus formas de pertenencia.

Los Redondos quedaron en el centro de esa mutación sin ofrecer una doctrina cerrada. El Indio no escribía panfletos ni consignas partidarias, aunque no faltaron posicionamientos políticos explícitos.

Su escritura operaba de otra manera. Las letras crípticas, cargadas de imágenes, lunfardo, ironía, símbolos políticos, escenas nocturnas, personajes rotos y frases que podían trasladarse del disco a la conversación cotidiana generaban un espacio de interpretación propia y contención. Esa “dificultad” fue parte de su potencia. En lugar de simplificar la experiencia popular, la trató como una experiencia capaz de soportar la complejidad.

Esa decisión estética tuvo una importancia enorme. Buena parte de la cultura industrial suele dirigirse a los sectores populares con productos fáciles, emociones inmediatas y sentidos ya procesados. Solari hizo otra cosa. Les dio a sus oyentes una poesía densa, incómoda y abierta. No explicaba todo y el significado quedaba abierto. No convertía al público en receptor pasivo por el contrario. Cada canción exigía una tarea de interpretación propia. Ese trabajo compartido construyó una comunidad de lectura, de sospecha y de reconocimiento.

Una frase como “el lujo es vulgaridad” pudo quedar adherida a la memoria argentina porque condensaba una crítica moral a una época. En medio de la ostentación menemista, del brillo televisivo y de la celebración del éxito rápido, esa línea funcionaba como una contraseña. No hacía falta transformarla en un programa político, bastaba con decirla para marcar una distancia frente a una forma de vida.

La tercera clave está en la estética visual. Ricardo Cohen, más conocido como Rocambole, convirtió los discos en objetos de culto, en obras de arte, y en piezas de educación política visual. Oktubre, publicado en 1986, sigue siendo una de las obras gráficas más poderosas del rock argentino. La paleta de rojos y negros, las multitudes, la atmósfera revolucionaria y la sensación de amenaza urbana construyeron un mundo propio. Esa iconografía salió del disco y pasó a banderas pintadas a mano, murales, remeras a pura tinta, tatuajes y paredes. Y eso ocurrió de una forma muy particular.

En una cultura popular muchas veces tratada como mero consumo, Los Redondos produjeron símbolos duraderos.

La estética “ricotera” nunca fue decorativa, de algún modo le daba cuerpo, territorio e imagen a su música. Sus tapas y afiches sugerían revolución, derrota, deseo, vigilancia, violencia, fiesta y memoria. En una sociedad todavía marcada por las huellas de la dictadura, esas imágenes permitían nombrar cosas que muchas veces seguían sin tener un lugar claro en el lenguaje público.

La cuarta clave está en la relación con el Estado. El caso Walter Bulacio marcó un antes y un después. Bulacio tenía 17 años cuando fue detenido durante una razzia policial en las inmediaciones de Obras Sanitarias, en abril de 1991, en una noche de recital de Los Redondos. Murió días después. La Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado argentino por ese caso en 2003. Para el universo ricotero, esa muerte quedó grabada como una marca de violencia institucional en democracia.

Desde entonces, la relación entre recital, juventud popular y fuerzas de seguridad quedó atravesada por una tensión persistente. La reunión masiva de miles de jóvenes con códigos propios, muchas veces provenientes de sectores empobrecidos, resultaba sospechosa y peligrosa para una parte del poder. Su público era antes un problema que un colectivo de ciudadanos. Esa mirada apareció con fuerza en 1997, cuando se prohibieron recitales de Los Redondos en Olavarría. La respuesta de la banda fue una conferencia de prensa excepcional, casi única en su historia, con el Indio, Skay Beilinson y la Negra Poli frente a las cámaras.

Esa conferencia tuvo un valor político excepcional porque discutió algo más grande que un concierto cancelado. Puso sobre la mesa una discusión aún pendiente en esa democracia joven, discutió el derecho a ocupar el espacio público, la criminalización preventiva de los jóvenes pobres y el prejuicio de clase escondido detrás de ciertos discursos de seguridad.

Los archivos de inteligencia policial conocidos años después confirmaron que el fenómeno ricotero había sido seguido y clasificado por organismos de vigilancia. Esa información ayuda a entender por qué la banda resultaba incómoda. No se trataba sólo de música fuerte. Era una multitud autónoma, afectivamente organizada y difícil de encuadrar.

La quinta clave está en la llamada “misa ricotera”. La expresión puede sonar excesiva para quien carezca de suficiente información, pero describe bien la dimensión ritual que adquirieron los recitales. El concierto comenzaba con el viaje hacia donde fueran a tocar, en la bandera pintada a mano, en el micro, en la ruta, en la espera, en la comida compartida, en la entrada al estadio y en esa particular fraternidad instantánea entre muchos desconocidos. Para mucha gente, ir a ver a Los Redondos fue una peregrinación popular.

El pogo, ese baile frenético y multitudinario con sello propio, funcionaba como clímax corporal de ese rito. Desde afuera podía parecer desorden o violencia, pero tenía códigos de cuidado, resistencia física, descarga y pertenencia. Una multitud golpeada por la semana, por el trabajo precario, por el desempleo, por la policía o por la falta de futuro encontraba durante unas horas una forma compartida de potencia. El cuerpo individual entraba en una masa que cantaba, chocaba, saltaba y se reconocía. Allí la música funcionaba como una tecnología emocional aglutinante. Convertía bronca en movimiento y soledad en coro.

La cultura ricotera también tuvo zonas difíciles, excesos, riesgos y tensiones. Ningún fenómeno popular de esa magnitud cabe en una postal limpia. Su atractivo es también resultado de esa mezcla de independencia artística, poesía oscura, rebeldía popular, conflicto con el Estado, memoria de clase y religiosidad laica. Los Redondos importan porque condensaron muchas capas de una Argentina resistente.

No son pocos los que se preguntan aún por qué una banda tan importante no tuvo una presencia internacional, sobre todo para quienes conocieron al grupo por sus videos en las redes donde el protagonista principal es el “pogo más grande del mundo”.

Supongo que no existe una respuesta acabada, pero es de suponer que una parte de ella está en la propia decisión. Otra parte está en el carácter profundamente local de su obra, en la que muchas de sus claves dependen mucho de la historia argentina reciente. Dictadura, democracia vigilada, un conurbano empobrecido, los operativos policiales impunes, el liberalismo de pensamiento único, la convertibilidad, el barrio, el aguante, la sospecha hacia los medios tradicionales, la desconfianza frente a la autoridad, la mezcla de lunfardo, rock, tango, literatura beat y habla popular eran apenas algunas.

Y no es que esos simbolismos no pudieran exportarse, el problema esencial es que la música era sólo una parte de la oferta, que era completada por la experiencia social fraterna, que antes describimos, y que le daba sentido a todo. Ellos conservaron en ahí una zona de intraducibilidad que hizo del mito algo gigante.

En una época de globalización de los mercados, la “localización” hizo de los Redondos una experiencia cultural intensamente argentina, algo muy singular. Había que entrar en su lengua, en sus rituales y en su memoria para entender lo que estaba ocurriendo.

La muerte del Indio abrió una disputa inevitable por su legado. Algunos intentarán convertirlo en una figura inofensiva. Otros lo reducirán al fanatismo de sus seguidores. Y algunos hasta hablarán de un producto comercial egoísta pero inteligente convertido en estampa de remeras sin mensaje real.

Por mi parte escribo esto como homenaje porque su obra se resignifica frente a nuevos poderes, a otra política y a la individualización ideológica que volvió tecnologizada y con una poderosa sutileza. Una obra que habla de la necesidad de construir comunidad cuando las instituciones no alcanzan, de la posibilidad de crear un lenguaje propio frente a la banalización cultural, de la dignidad de los que muchas veces aparecen como exceso, amenaza o resto y también habla de una Argentina herida que encontró, en una banda de rock, una forma de nombrarse sin pedir permiso.

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