OPTIMISMO

Hablar de optimismo en una época dominada por una atmósfera de agotamiento social, precariedad laboral, individualismo feroz y creciente desconfianza institucional parece, a primera vista, una invitación a la ingenuidad. Sin embargo, lo que vuelve interesante esta discusión es precisamente que la hacemos después de haber leído diagnósticos extremadamente lúcidos y poco complacientes sobre nuestro tiempo.

Byung Chul Han insiste en que vivimos en una sociedad que se ha vuelto incapaz de sostener el silencio y la contemplación, absorbida por la compulsión de producir, mostrarse y rendir cada vez más. Eric Sadin advierte que el individuo contemporáneo, al creer que es soberano y autónomo, cae en una paradoja que lo deja expuesto a una intromisión permanente de tecnologías que gestionan buena parte de sus decisiones. Y textos como “La era de los depredadores”, de Giuliano da Empoli, que describen la mutación de nuestras sociedades hacia un paisaje de supervivencia competitiva donde la fragilidad individual deja de ser un problema a resolver para convertirse en una condición estructural asumida como normal. En este contexto, preguntarse si es posible sostener alguna clase de optimismo sin caer en la fe religiosa ni en la fábula del pensamiento positivo parece casi un gesto de desobediencia.

Sin embargo, ese es precisamente el punto.

El pesimismo absoluto puede volverse intelectualmente cómodo.

Presenta la ventaja de eximir de cualquier forma de responsabilidad. Si todo está perdido, entonces nada se espera de nosotros.

La lucidez crítica, cuando se vuelve un refugio, termina convirtiéndose en una coartada perfecta para la inacción.

Y aunque los autores que estudian la lógica predatoria del capitalismo contemporáneo describen dimensiones reales de la vida actual, el error sería interpretar esas descripciones como un veredicto final. Si fueran un cierre absoluto, entonces no habría nada más que hacer que contemplar el derrumbe. Pero la historia no funciona así.

Incluso en los momentos donde la sensación de clausura fue dominante, siempre surgieron actores que eligieron intervenir en ese escenario y modificarlo, aunque fuera en pequeñas escalas. Esta es la clave para pensar el optimismo en serio.

Optimismo no es creer que las cosas van a salir bien por efecto de una fuerza externa, una providencia o una bendición. Tampoco es una postura emocional agradable. Es, fundamentalmente, una decisión práctica. Se trata de la voluntad de actuar a pesar de las condiciones adversas. Implica reconocer la severidad del diagnóstico sin permitir que esa severidad se vuelva paralizante. Cuando Han habla de la fatiga, no lo hace para que aceptemos el cansancio como destino inevitable, sino para mostrar cómo se configura una subjetividad que vive agotada por su propia autoexplotación.

Cuando Sadin analiza la intervención técnica en la vida cotidiana, no lo hace para naturalizarla, sino para exhibir lo que sucede cuando cedemos nuestra capacidad de decidir.

La era de los depredadores no pretende clausurar el futuro, sino ofrecer elementos para pensar cómo y por qué las instituciones pierden capacidad de protección.

Optimismo no es negar ninguna de estas advertencias. Es tomarlas como punto de partida para actuar.

Esta distinción es más importante de lo que parece. Existe un tipo de optimismo que opera como anestesia. Se basa en repetir que todo estará bien porque sí. Ese optimismo superficial es una versión secularizada de la fe religiosa, sustituye un dios por un destino naturalmente favorable. Es el optimismo de los discursos motivacionales que ofrecen una narrativa de autosuperación independiente de las condiciones materiales. Ese optimismo no es al que nos referimos aquí.

El optimismo relevante es el que surge después de aceptar, con cierta crudeza, la densidad del mundo contemporáneo.

Solo cuando uno registra la magnitud de los desafíos puede pensar qué formas de acción son posibles.

La pregunta entonces no es si el optimismo es compatible con el diagnóstico crítico, sino si es posible sostener cualquier forma de acción sin esa disposición interna que podríamos llamar optimismo. Sin esta actitud no hay energía para intervenir en un entorno caracterizado por la saturación, la competencia incesante y una sensación difusa de vulnerabilidad social. De hecho, cuando las condiciones son adversas, la proactividad requiere más esfuerzo. Salir de la inmovilidad demanda asumir que, aunque no controlemos el sistema completo, sí tenemos márgenes acotados de maniobra. Esos márgenes no son despreciables.

En ellos se juegan las comunidades que formamos, las redes que fortalecemos, los proyectos culturales que sostenemos, los espacios de cooperación que generamos y las intervenciones que realizamos en la conversación pública.

Un error frecuente es suponer que el pesimismo extremo es sinónimo de realismo y que el optimismo es una expresión de ingenuidad.

Esta asociación no se sostiene si analizamos los procesos sociales con un mínimo de perspectiva histórica.

El realismo implica ver el presente tal como es, pero también reconocer que lo que hoy consideramos natural no siempre fue así y no necesariamente debe seguir siéndolo. Ninguna estructura social es completamente rígida. Ningún orden es definitivo.

Las transformaciones profundas suelen surgir de prácticas pequeñas y dispersas que se consolidan con el tiempo. Por eso el optimismo no es una apuesta al futuro sino un método para el presente.

Es la decisión de sostener una praxis a pesar de que el entorno no ofrezca garantías de éxito. Esa forma de optimismo es compatible con la crítica más rigurosa. De hecho, necesita de esa crítica para ser eficaz.

Si aceptáramos al pie de la letra que vivimos en una sociedad irremediablemente agotada, gobernada por individuos narcisistas que se delegan a sí mismos en sistemas algorítmicos y atrapada en una dinámica predatoria que solo refuerza la desigualdad, lo más lógico sería retirarse de cualquier intento de transformación. Pero también sería falso.

Ninguna sociedad es homogénea. Ninguna tendencia opera del mismo modo en todos los lugares y en todas las personas. Los diagnósticos amplios describen condiciones estructurales, pero no definen de antemano las trayectorias posibles.

Incluso en un clima generalizado de oscuridad, existen iniciativas que operan a contracorriente. Aparecen formas de solidaridad inesperadas, proyectos culturales que encuentran su público, comunidades que se organizan, investigadores que abren caminos nuevos, docentes que reinventan su práctica y trabajadores que construyen espacios de cuidado mutuo.

No se trata de romanticismo, sino de reconocer que la realidad es más compleja que cualquier teoría totalizante.

Optimismo, por lo tanto, es la disposición a intervenir en esas zonas posibles.

Uno puede leer a Han y comprender que la lógica del rendimiento coloniza nuestra vida emocional, pero aun así construir rutinas que amortigüen la autoexplotación. Se puede leer a Sadin y entender que la automatización redefine las jerarquías de poder, y aun así crear espacios donde la tecnología no desplace la deliberación humana. Se puede leer La era de los depredadores y comprender que la precariedad es una matriz estructural del capitalismo actual, y aun así participar en microproyectos que fortalecen la protección social a pequeña escala.

Nada de esto elimina las dinámicas globales. Pero sí las tensiona. Sí habilita otras configuraciones. Sí modifica la experiencia concreta de quienes participan.

Otro punto relevante es que el optimismo práctico no requiere esperar condiciones ideales. Las condiciones ideales nunca llegan. La historia de cualquier avance social, cultural o político muestra que las acciones significativas surgieron en momentos de incertidumbre y falta de garantías.

La expectativa de tener un paisaje despejado antes de actuar suele funcionar como una excusa para no hacer nada.

El optimismo auténtico reconoce que los contextos son incompletos, frágiles, contradictorios y que esa complejidad no debe impedir el movimiento. De hecho, es la razón por la que el movimiento se vuelve urgente.

Pero hay un matiz final que complejiza la discusión. El optimismo requiere una cierta disciplina para no caer en la trampa del voluntarismo. La voluntad tiene límites. La acción individual no corrige la estructura global. Por eso el optimismo no debe confundirse con la idea de que todo depende de uno. Ese es justamente el núcleo problemático que Han y Sadin identifican en la subjetividad contemporánea. El optimismo que proponemos no es individualista ni autosuficiente. Es una disposición que se potencia cuando se articula en colectivo, incluso en colectivos pequeños. Se trata de crear condiciones donde el esfuerzo individual encuentra un sostén compartido.

Optimismo no es cargar el mundo sobre los hombros, sino evitar que el mundo caiga sobre nosotros sin que podamos reaccionar.

El optimismo “razonable” consistiría en sostener la convicción de que algo es posible, aunque no sepamos exactamente qué ni cuándo. Esa convicción es la que permite iniciar, continuar o corregir proyectos que sin ella quedarían truncos. No se trata de creer en milagros, sino de habilitar el espacio para que una acción tenga consecuencias.

Es casi un ejercicio de higiene intelectual, protegerse del cinismo paralizante sin negar la crudeza del entorno.

Al final, la pregunta por el optimismo no es psicológica ni espiritual. Es política en un sentido amplio.

Tiene que ver con la forma en que nos posicionamos frente a la época. En contextos donde la conversación pública se tensa hacia el odio, donde la tecnología reorganiza comportamientos y donde la precariedad erosiona la estabilidad emocional o la desesperanza se vuelve funcional al statu quo.

El pesimismo radical confirma que nada puede cambiar. El optimismo razonado, en cambio, abre una grieta en esa clausura. No garantiza el éxito, pero garantiza la acción. Y en sociedades como las nuestras, donde los márgenes de incertidumbre son amplios, la acción sigue siendo una de las pocas herramientas reales para evitar que las tendencias dominantes definan por completo nuestro futuro.

Por eso preguntarse si se puede ser optimistas en este momento histórico es menos importante que preguntarse qué ocurre si renunciamos por completo a esa actitud. SI eso pasa perdemos capacidad de intervenir, así de simple. Convertimos la descripción crítica en profecía autocumplida. Transformamos la lucidez en un muro.

En cambio, si aceptamos que el optimismo es un método, no una garantía, quizás podamos navegar este tiempo sin resignarnos del todo a sus condiciones más dañinas.

No es una solución final ni un antídoto mágico, pero sí es una forma de sostener la agencia en un escenario que tiende a erosionarla. Una forma de preservar la posibilidad de que algo todavía pueda cambiar.

Hay además un elemento filosófico que resulta clave y que Hannah Arendt desarrolló con fuerza en “La condición humana” (uno de mis libros favoritos). Allí, ella sostiene que cada nacimiento introduce en el mundo la posibilidad de un nuevo comienzo. Esa idea no es una metáfora inocente. Lo que Arendt subraya es que la capacidad humana de iniciar algo que antes no existía es una condición política fundamental. El mundo, dice, está siempre atravesado por la irrupción de lo nuevo. Esa irrupción no garantiza resultados ni elimina conflictos, pero impide que la historia se vuelva un mecanismo cerrado.

Ese principio arendtiano de natalidad es una defensa profunda del optimismo como capacidad de recomienzo. No porque todo vaya a mejorar automáticamente ni con el nacimiento de un mesías, sino porque la acción humana nunca está determinada de forma completa.

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