La política, en su definición más clásica, ha sido entendida como la organización del poder en una comunidad y la mediación entre intereses divergentes para construir un orden común. Desde Max Weber (1919/2012), que la describió como la aspiración a influir en la distribución del poder, hasta Norberto Bobbio (1989), que la concibió como el conjunto de actividades orientadas a la toma de decisiones colectivas, el denominador común ha sido la presencia de un espacio —físico y simbólico— donde los sujetos interactúan, negocian y disputan.
Sin embargo, en el siglo XXI, ese espacio ya no se encuentra exclusivamente en el parlamento, la plaza pública o la asamblea: gran parte de la política se desarrolla en plataformas digitales mediadas por algoritmos, y eso está reconfigurando tanto el liderazgo como la construcción de colectivos y las formas de poder.
Pierre Bourdieu (1991) hablaba del capital simbólico como la forma de poder que se ejerce a través del prestigio, el reconocimiento y la legitimidad percibida por otros. Este capital, en la política tradicional, se construía a partir de la trayectoria, los logros y la capacidad de articular intereses colectivos. Hoy, ese capital simbólico se acumula también, y a veces principalmente, en métricas de visibilidad digital como seguidores, interacciones y viralidad.
Joan Cwaik (2023), en su reflexión sobre los “hermanos de algoritmo”, describe vínculos que no nacen de la experiencia compartida, sino de coincidencias algorítmicas: “El algoritmo genera la ilusión de afinidad, y nosotros la convertimos en vínculo” (párr. 4). En política, esto significa que muchas adhesiones se originan más en patrones de consumo y coincidencia las publicaciones que se ofrecen a los usuarios (feed) que en procesos deliberativos o convivencias reales. La comunidad política se transforma así en una red de afinidades instantáneas y volátiles. Muy volátiles.
Esta dinámica está íntimamente relacionada con lo que podemos llamar política de seguidores o “fandom”, donde el lazo político adopta la lógica de la devoción fan, identificación emocional con un líder o causa, defensa activa contra críticas externas, producción y circulación de contenidos que refuercen la narrativa central.
Antonio Gramsci (1971) hablaba de la hegemonía como la capacidad de una clase o grupo para presentar su visión del mundo como la visión legítima y consensuada de toda la sociedad. La política fandom crea micro-hegemonías emocionales. Comunidades que, sin dominar el conjunto social, logran imponer su relato en el espacio que ocupan gracias a la intensidad y constancia de su interacción digital.
Byung-Chul Han (2017) advierte que la lógica de la comunicación digital privilegia la inmediatez y la sobreexposición, lo que limita la reflexión crítica y la deliberación pausada. Y esto tiene un efecto directo sobre el liderazgo. Hannah Arendt (1958/2018) concebía el espacio político como un lugar de aparición donde la pluralidad se manifiesta en la acción conjunta; en la política fandom, ese espacio de aparición se desplaza a la interfaz digital, donde el líder no solo actúa, sino que “performa”, “teatraliza” permanentemente para mantener la atención y el afecto de su comunidad.
Se configura así una relación carismática (Weber, 1919/2012), en la que la autoridad se fundamenta en la devoción personal más que en el respeto a normas o instituciones, desplazando el equilibrio hacia formas de poder más personalistas.
Los ejemplos contemporáneos ilustran esta tendencia. En América Latina, Javier Milei y Nayib Bukele han convertido sus cuentas de Twitter en un instrumento de gobierno, donde la comunicación política se entrelaza con memes y gestos simbólicos, consolidando un vínculo directo y emocional con su electorado. En Estados Unidos, Donald Trump demostró cómo el uso estratégico de las redes sociales podía crear un canal de comunicación que esquivara a los medios tradicionales, reforzando un relato en el que él y sus seguidores se reconocían mutuamente como parte de un mismo “pueblo” frente a un “ellos” hostil. En Europa, Volodímir Zelenski ha utilizado videos cortos, transmisiones en vivo y mensajes directos a través de redes para proyectar una imagen de resistencia heroica durante la guerra en Ucrania, logrando movilizar tanto apoyos domésticos como internacionales. Aunque sus contextos son radicalmente distintos, los tres casos comparten elementos de política fandom, una comunidad cohesionada por el afecto y la narrativa, antes que por la interacción presencial o la deliberación constante.
Sin embargo, como ya había planteado Zygmunt Bauman (2003) en su análisis de la modernidad líquida, estos vínculos digitales tienden a ser frágiles, se forman y se disuelven con rapidez, dependen de flujos de atención y pueden evaporarse cuando el algoritmo deja de favorecer la interacción.
Jürgen Habermas (1962/1989), al hablar de la esfera pública, destacaba la importancia de un espacio donde los ciudadanos puedan deliberar de manera libre y racional. Si la política se limita a la lógica del fandom, ese espacio se reduce a burbujas informativas autorreferenciales, incapaces de integrar la pluralidad y el disenso necesarios para una democracia robusta.
La consecuencia es que la construcción de colectivos políticos se ve comprometida.
La sostenibilidad de toda organización requiere mecanismos de agregación de intereses, procesos de toma de decisiones y articulación de recursos, elementos que difícilmente se consolidan en comunidades basadas únicamente en interacción algorítmica. La hegemonía emocional que crea la política fandom puede ser intensa, pero carece de la infraestructura organizativa que permita sostener proyectos a largo plazo. El riesgo es una política más reactiva que propositiva, más centrada en reforzar identidades que en producir transformaciones estructurales.
Esto no significa que el espacio digital sea irrelevante o nocivo por sí mismo. Al contrario, las plataformas ofrecen oportunidades inéditas para la movilización y la visibilización de causas. Pero, como advierte Cwaik, “el algoritmo puede sugerir personas, pero no puede construir vínculos” (2023, párr. 14). El desafío para la política del futuro será articular esos contactos digitales en estructuras organizadas y resistentes, que combinen la potencia de la comunicación online con la densidad del encuentro presencial.
Ello implica que los liderazgos digitales no se agoten en la lógica del influencer, sino que utilicen su capital simbólico para convocar a la acción tangible, fomentando la participación en espacios donde el conflicto y la negociación puedan desplegarse plenamente.
La política sigue siendo, en última instancia, una actividad humana insustituible. Aunque la inteligencia artificial y los algoritmos puedan moldear afinidades y generar comunidad efímera, el poder real, en su capacidad de transformar instituciones, distribuir recursos y redefinir horizontes colectivos, requiere de vínculos que no se disuelvan con un cambio en el “feed”.
La legitimidad, la gobernabilidad y la democracia misma se sostienen en esa dimensión encarnada de la política, cuerpos presentes, voces que se escuchan, acuerdos que se escriben y se cumplen.
Queda claro que la masividad ha quedado atrás en la ocupación del espacio público como mecanismo de acción y demostración de fuerza. La apelación al encuentro debe sostenerse en el reconocimiento mutuo, visual y físico, donde encontrarse es una oportunidad de expresarse propositivamente pero también de refuerzo posicional y festejo emocional con la intención manifiesta de componer acuerdos mínimos para construir proyectos o acordar caminos alternativos.
La participación presencial acotada también es acción propiamente política, en un espacio que cambia de volumen de participación, tiene un sentido particular de la oportunidad y reconfigura objetivos y diagnósticos.
Con la oportunidad de un trabajo y discurso endogámico, que de algún modo proponen los algoritmos a corto plazo, habrá que esforzarse en no caer en la inercia y/o dejar de asumir el riesgo de ser dinámicos en cuanto a proyectos e ideas.
El futuro no debería ser la sustitución de la política por el algoritmo, sino la integración inteligente de ambos, reconociendo que lo que da sentido al poder es, precisamente, que sigue siendo profundamente humano.
Sería poco inteligente entregarse enteramente a los algoritmos, pero absurdo ignorar que la dinámica política es afectada por ellos y que, además de adaptarse habrá que actuar en consecuencia.
Referencias
Arendt, H. (2018). La condición humana (M. Z. Bosch, Trad.). Paidós. (Trabajo original publicado en 1958)
Bauman, Z. (2003). Comunidad: En busca de seguridad en un mundo hostil (M. D. Cuéllar, Trad.). Siglo XXI.
Bobbio, N. (1989). Diccionario de política (N. Bobbio, N. Matteucci y G. Pasquino, Eds.). Siglo XXI.
Bourdieu, P. (1991). Language and symbolic power (J. B. Thompson, Ed.; G. Raymond & M. Adamson, Trads.). Harvard University Press.
Cwaik, J. (2023, 4 de agosto). Hermanos de algoritmo. Infobae. https://www.infobae.com/opinion/2023/08/04/hermanos-de-algoritmo
Gramsci, A. (1971). Selections from the prison notebooks (Q. Hoare & G. Nowell Smith, Eds. y Trads.). International Publishers.
Habermas, J. (1989). The structural transformation of the public sphere (T. Burger, Trad.). MIT Press. (Trabajo original publicado en 1962)
Han, B.-C. (2017). En el enjambre (A. Bergés, Trad.). Herder.
Weber, M. (2012). La política como vocación (M. Jiménez Redondo, Trad.). Alianza Editorial. (Trabajo original publicado en 1919)




