A quién comience la lectura de este artículo debo aclararle que como politólogo he comulgado, y aún abrevo, en la escuela del realismo político, del que Maquiavelo primero y Julien Freund después, son referentes primordiales. Eso, de algún modo, es ejercer un relativo desprecio intelectual por las perspectivas idealistas como la kantiana, las institucionalistas o las fundadas en la norma per se, por considerarlas “ingenuas”.
Desde mi posición, los análisis de escenarios, programas y planes de acción política se trabajan desde las categorías de competencia (amigo – enemigo), de poder (mando – obediencia) y caracterización de asuntos (público – privado).
Algunos descubrimientos recientes, el devenir político de los últimos 25 años y quizás la acumulación de “experiencia” (que acompaña la de años), me han llevado a cuestionar mi estructura de pensamiento. De allí que lo que sigue puede sorprenderle, aunque espero que también lo desafíe tanto como a mí.
Durante siglos, la ciencia (occidental) ha sostenido una visión de la naturaleza donde la competencia, el conflicto y la lucha por la supervivencia dominan el relato. Esa narrativa, heredera del darwinismo social y del liberalismo económico, modeló no solo cómo interpretamos los ecosistemas, sino también cómo nos concebimos como seres humanos, individuos autónomos, racionales, separados del resto de la naturaleza.
Investigaciones contemporáneas apuntan a que esa visión es parcial y sesgada. El estudio Ghosts of Competition and Predation Past: Why Ecologists Value Negative Interactions (Raerinne, 2020) advierte que la ciencia ha históricamente sobrevalorado lo negativo, la competencia y la depredación, y prácticamente descuidado las dinámicas de cooperación, interdependencia, mutualismo y simbiosis que también sostienen los ecosistemas.
Raerinne analiza cómo los ecólogos durante más de un siglo prefirieron estudiar las interacciones negativas entre especies, quién compite con quién, quién se come a quién y relegaron las relaciones de cooperación a un segundo plano.
Esto no es simplemente un sesgo metodológico inocente, esas elecciones de enfoque moldearon el paradigma ecológico dominante. Para muchos sistemas biológicos, la cooperación no ha sido explorada con la profundidad que merece.
En su revisión, Raerinne cita que aproximadamente dos tercios de los artículos en ecología estudian la competencia, mientras que menos del 4 % investigan la cooperación (Raerinne, 2020). Esa disparidad, fantasmas del pasado intelectual, perpetúa la ilusión de que la lucha debe ser el centro del relato vital.
Si queremos repensar nuestro concepto de humanidad, es urgente revisar esas capas invisibles de conocimiento y prejuicio que condicionaron el “ser” humano del presente.
Esa elección epistemológica no ha quedado en el ámbito científico; ha permeado nuestra autoimagen cultural. Occidente ha construido una narrativa del ser humano como un agente solitario que compite por recursos, que domina el mundo y que tiene valor en la medida de su eficacia. En contraste, las tradiciones de pensamiento en muchas culturas latinoamericanas, y más allá, han valorado la reciprocidad, la comunidad y la interdependencia como valores centrales.
En América Latina, comunidades indígenas y prácticas de trabajo colectivo coexistieron durante siglos, en formas de reciprocidad que no encajan bien con la lógica de la competencia moderna.
El reciente libro de Christine Webb, “El simio arrogante”, critica cómo la humanidad ha erigido una separación entre nosotros y la naturaleza, como si el resto del mundo estuviera allí solo para servir o probar nuestra superioridad. Esa arrogancia esconde precisamente el desprecio por las redes invisibles que nos sostienen.
Si el paradigma dominante valora lo negativo porque es visible, explícito y dramático, lo cooperativo se queda en las sombras por ser silencioso, sutil, incluso invisible.
Sin embargo, en la biología hay ejemplos que lo desafían todo como las rutas de polinización mutua entre insectos y plantas, microbiomas intestinales que colaboran con organismos superiores, redes de hongos que conectan árboles (la llamada “Wood Wide Web”), sociedades animales que muestran altruismo y cuidado, etc.
Lo sorprendente es cuánto queda por investigar. En la medicina, por ejemplo, la microbiota humano coopera con nuestras células de formas que apenas comenzamos a entender.
En la agricultura ancestral latinoamericana se preservaron sistemas agroforestales donde múltiples especies conviven, colaboran y se regeneran mutuamente. ¿Cuántos de esos modelos han sido descartados porque no encajan con la lógica competitiva del agronegocio moderno? ¿Cuántas enseñanzas se perdieron por reducir el mundo a un tablero de intereses individuales?
Al confrontar esas capas previas, emergen desafíos profundos. Primero, debemos reconocer que nuestras categorías conceptuales (organismo, competencia, nicho e individuo) provienen de tradiciones culturales específicas. No son universales ni neutras. En el mundo indígena del “Abya Yala”, por ejemplo, no existe una distinción rígida entre “yo” y “naturaleza”. La persona puede concebirse parte de un todo viviente.
Parte del proceso de reprocesamiento de información quizás se asemeje a una deconstrucción, que consistirá en abrir el espectro del pensamiento para asimilar múltiples lógicas de vida quizás más “antiguas” (ancestrales) que novedosas.
Otro desafío es desmontar el sesgo metodológico que privilegia lo observable, lo cuantificable y lo violento. Las dinámicas cooperativas muchas veces operan a escala microscópica, en tiempos diluidos o en condiciones estables que no despiertan la curiosidad dramática del investigador. Pero eso no convierte a esas dinámicas en menos reales ni menos fundamentales. Repensar el conocimiento implica desarrollar métodos que reconozcan lo invisible, alguna de las cuales ya están aplicándose, como las métricas de resiliencia ecológica, mapas de redes simbióticas y narrativas etnográficas de colaboración.
También es esencial enfrentar la dinámica del “efecto espejismo”: tratar de mostrar cooperación sin caer en romanticismos ingenuos. No es permisible idealizar la naturaleza como un jardín perfecto. Las especies compiten, explotan, mueren. Pero negar que colaboran es una “mutilación” epistemológica. La estrategia debe ser doble, por un lado reconocer la complejidad y por otro resaltar lo colaborativo sin ingenuidad, aceptando los aspectos oscuros del mundo. Esa tensión es necesaria para no caer en una ilusión moralista, pero tampoco en una ceguera tecnocrática que solo ve redes de dominio.
En el plano personal, la deconstrucción requiere revisar nuestros prejuicios sobre la naturaleza, me refiero al mundo vivo, y sobre nosotros mismos. La tendencia a ver al otro como competencia, a reducir la alteridad a amenaza, tiene raíces profundas en filosofías racionalistas, sistemas capitalistas y estructuras coloniales.
Si aceptamos que somos parte de redes vivas, que dependemos de bacterias, hongos, insectos, microorganismos, que respiramos gracias a microbios invisibles, que comemos gracias al trabajo oculto del suelo, nuestras fronteras simbólicas se diluyen. Entonces las metáforas guerreras de progreso y dominación pierden fuerza. Porque también hay cooperación material, invisible y constante.
¿Cómo asumir ese cambio? No con dogmas ni verdades absolutas, sino con preguntas. ¿Qué pasa si empezamos a narrar la vida no como una batalla, sino también como una existencia interrelacionada? ¿Qué ecosistemas de saber pueden surgir si aceptamos que no somos la cúspide, sino una rama más en una red que nos sostiene?
Deconstruirnos implica reconocer dolores acumulados, la explotación de naturaleza y cuerpos, la fragmentación cultural y la lógica del dominio que se instaló como “lo natural”. Pero también implica abrirnos a modos de relacionarnos menos violentos, más humildes, más justo con quienes están silenciados.
El horizonte no es utópico, no promete un mundo de armonía perfecta, sino un mundo donde la competencia no sea la única metáfora de lo vivo. Donde la cooperación no sea lo raro, lo subsidiario, sino parte del diseño.
Podemos imaginar ciudades donde los árboles colaboran entre sí mediante micorrizas, donde los barrios funcionan como ecologías sociales que comparten recursos, donde la educación articula conocimiento formal con saberes locales y no los trata como reliquias exóticas.
Pero para llegar ahí tenemos que arrancar por deconstruir los estándares del saber imperante.
Hoy enfrentamos un mundo que padece el sesgo de su propia leyenda: la ilusión humana de no depender de nada ni de nadie.
Si queremos repensarnos, debemos pisar con cautela, con humildad, recordando que los monstruos de la competencia no emergen del caos, sino del exceso de autoridad narrativa que ha gobernado nuestros mapas mentales por siglos.
La ciencia que solo mira la lucha es un espejo parcial que refleja medio mundo. Es hora de descolocar ese espejo y mirar lo que encontrará detrás, las tramas invisibles de la cooperación que siempre estuvieron allí.
Por absurdo que parezca puede que terminemos menos jerarquizados y más interdependientes. Quizá no nos deconstruyamos del todo, pero por ahí logramos entreabrir puerta una por la que pueda colarse otro modo de “ser” humanos.
El gran obstáculo sigue siendo el mismo, pero quizás más grande y amenazante, que llevó a teorizar desde hace siglos en base la “conveniencia” de desconfiar del otro: el MIEDO.




