Un artículo que deberías leer si “no te interesa la política”

ACLARACIÓN IMPORTANTE: No importa cuando leas este artículo.
La disputa por la hegemonía no se despliega en el vacío sino en la arquitectura misma de la percepción humana. Lo que solemos llamar “batalla cultural” funciona como una operación de ingeniería semántica orientada a fijar los límites de lo decible y, con ello, de lo pensable. Desde la teoría política esto no constituye una figura retórica. Describe un mecanismo verificable de producción de sentido social. Es la construcción (o reforma) del sentido común. Es poder puro y duro consolidado en una apariencia blanda.
Qué es imposible y correcto, en términos socio políticos, es un límite inducido intencionalmente. No es otra cosa que una imposición sutil, construida.
La hegemonía, en términos clásicos de Antonio Gramsci, implica dirección intelectual y moral. Supone que una visión del mundo (cosmovisión) logra naturalizarse hasta confundirse con el orden “natural” de las cosas. Cuando una idea se incorpora al sentido común pierde su carácter contingente. Deja de percibirse como una opción histórica situada y comienza a experimentarse como evidencia.
Entre otras cosas, ese desplazamiento es decisivo porque modifica la relación entre ciudadanía y poder. Una política puede ser discutida mientras se la perciba como construcción. Cuando se la percibe como necesidad estructural o un estado de cosas dado, la deliberación se reduce. Como dijimos, la discusión se limita a lo posible. La hegemonía no necesita censurar. Necesita saturar, completar la cosmovisión, dejar pocos espacios a la duda y conducir los cuestionamientos dentro de ciertos márgenes “aceptables”.
Suele pensarse que la batalla cultural es un intercambio dialéctico donde dos posiciones deliberan en igualdad de condiciones. Nada más lejos de la realidad.
Estamos ante la imposición de marcos cognitivos que operan como filtros pre reflexivos sobre la realidad. El debate público ocurre dentro de límites previamente establecidos. El desacuerdo puede ser intenso y visible, aunque transcurre dentro de un perímetro conceptual que rara vez se cuestiona.
Y el lenguaje es la tecnología central de ese dispositivo.
Cada palabra activa asociaciones, juicios implícitos e imágenes sedimentadas. Cuando se instala la asociación automática entre pobreza y falta de esfuerzo individual, el debate queda clausurado antes de comenzar. “Los pobres lo son por falta de voluntad o deseo de superación”.
Las variables estructurales desaparecen del campo perceptivo. La desigualdad deja de ser una cuestión de organización social como resultado de un sistema económico y se transforma en una falla moral del sujeto.
El razonamiento ya viene incorporado. Funciona como un software que se activa ante determinados estímulos. Es así y punto.
El sujeto repite la fórmula sin auditarla porque esa fórmula ya fue validada por su entorno simbólico. La repetición genera familiaridad, la familiaridad produce confianza y la confianza construye sentido común. Un supuesto consenso sobre cómo deben ser las cosas, pero sin participación activa ni reflexión alguna.
En la Ciencia Política existe un consenso amplio en el que la construcción de marcos interpretativos no requiere coerción visible. Sólo requiere repetición y coherencia narrativa. Se necesita que determinadas categorías circulen hasta volverse invisibles. Cuando el significante se vacía de historia y se carga de estigma, la identidad política del interlocutor se fragmenta. Asi es cómo las paradojas inexplicables o las contradicciones inentendibles se vuelven posible.
Cuando las personas abandonan definiciones históricas, que son el resultado de otra hegemonía, por nuevos significados, incluso contrarios a sus intereses sin cuestionamientos, el fenómeno es fácil de reconocer. Individuos por ejemplo que sostienen políticas de “redistribución del ingreso”, rechazan esa etiqueta, asociada históricamente a ese programa, porque “no es lo mismo que antes.”. Consumen el contenido pero repudian el nombre.
Una categoría se vuelve incómoda o vacía, porque fue sometida a un proceso de desgaste sistemático. Si ocurre, es porque la operación fue exitosa.
Esta situación suele diagnosticarse como una irracionalidad del sujeto. Sin embargo, el problema reside en la reconfiguración del campo simbólico desde donde ese sujeto interpreta la realidad. Los anteojos por los que mira el mundo han sido modificados, por ello lo que ve es distinto de lo que vería con otras lentes.
Si el horizonte de expectativas fue modificado, las decisiones materiales se reinterpretan a la luz de una promesa futura nueva.
Es así como un ajuste estructural deja de leerse como una transferencia regresiva de recursos, contraria a los intereses propios y logra presentarse como un esfuerzo necesario hacia una prosperidad prometida.
El trabajador que respalda la reducción de derechos no lo hace contra sí mismo en su percepción subjetiva. Lo hace dentro de un esquema narrativo que le ofrece un horizonte mejor, por ejemplo movilidad ascendente.
La política se convierte en una apuesta emocional, no racional, donde se impone una expectativa sobre cualquier cálculo matemático.
La mutación del lenguaje antecede a la modificación del comportamiento social. Como dijimos más arriba, cada sustitución terminológica reconfigura el campo de lo posible. Solo así es posible presentar la desigualdad como un resultado meritocrático. Los despidos masivos como “flexibilización” y los recortes presupuestarios como sinceramiento. O la contracción del Estado como modernización y la violencia económica como libertad individual.
El efecto político radica en la anestesia conceptual.
Al cambiar las palabras con la que se etiqueta una situación, el conflicto se vuelve abstracto. El perjuicio pierde rostro y apellido.
El daño es posible y se lleva a cabo sin activar mecanismos de defensa colectiva. La semántica termina por suaviza el impacto material.
El sacrificio doloroso de “perder hoy para ganar mañana” adquiere épica. El sufrimiento se reinterpreta como prueba de carácter.
La hegemonía funciona mejor cuando logra que sus categorías logren cierto estatus técnico. El lenguaje técnico transmite neutralidad y aparenta racionalidad pura. Así, por ejemplo, lo que se denomina “reforma estructural” se despoja de carga ideológica. Lo que se denomina eficiencia adquiere aura científica y por ello fuera de discusión.
La política se calza la armadura de la inevitabilidad. “Es lo que hay que hacer. No queda otra.”
Aquí aparece un rasgo central de nuestro tiempo. La política contemporánea combina apelaciones emocionales intensas con una estética de racionalidad técnica.
Se convoca al sacrificio con el lenguaje de una planilla de cálculo. Se legitima la reducción de derechos mediante gráficos y proyecciones y la dimensión moral se traduce en indicadores “duros”.
Este cruce entre emoción y tecnocracia amplifica la eficacia del dispositivo hegemónico.
El ciudadano recibe simultáneamente una narrativa de redención y un relato de precisión técnica. La promesa de futuro se sostiene en números que parecen incontrastables.
Es necesario aclarar a esta altura que toda sociedad necesita marcos de interpretación para organizar la experiencia. El problema es que estos marcos se presenten y asuman como reales, naturales y eternos. La evidencia de ello es asumir la historia como destino y/o cuando la contingencia se disfraza de ley.
La teoría democrática clásica presupone que la deliberación pública permite revisar colectivamente los fundamentos de la vida en común. Esa presunción depende de una condición previa. Esto significa que todos los conceptos, en especial los centrales, permanezcan abiertos a disputa a discusión. Si términos como libertad, justicia, igualdad o progreso quedan monopolizados por una sola interpretación, el pluralismo requerido se vacía.
También hay que hacer una diferenciación importante, la hegemonía no elimina la competencia electoral. La ordena. La encausa dentro de ciertos límites.
Puede existir alternancia en el poder dentro de un mismo consenso semántico. Pero las diferencias programáticas se mueven dentro de un rango aceptable. Así, muchas opciones quedan fuera del campo de lo imaginable o lo posible.
El resultado es una democracia formal con horizonte ideológico acotado.
En ese contexto, desarticular la gramática dominante constituye una tarea política central. Implica recuperar la historicidad de los conceptos, implica mostrar que las categorías que organizan nuestra percepción no son producto de la naturaleza o vienen dadas, sino que son el resultado de decisiones humanas situadas.
Hay que devolver al lenguaje la condición de campo de disputa, porque la soberanía política incluye soberanía semántica.
Quien define las palabras define los problemas y quien define los problemas define las soluciones posibles.
Si la cuestión social se formula como un déficit o defecto individual, la respuesta será disciplinaria porque hay que corregir al equivocado o confundido. Si se formula como desequilibrio estructural, la respuesta será redistributiva. El punto de partida condiciona el itinerario completo.
Recuperar capacidad política (agencia política sería más adecuado) supone interrumpir la repetición automática.
Supone someter a auditoría intelectual las frases que pronunciamos sin reflexión. Supone preguntarse de dónde provienen las categorías que utilizamos para describir el mundo. Esa tarea no es puramente académica. Es profundamente práctica y requiere de un esfuerzo tremendo.
Porque la arquitectura de la percepción determina la arquitectura de la acción.
Si el ciudadano internaliza que ciertos procesos económicos son inevitables o inmodificables, su disposición a organizarse será nula o mínima. Si se internaliza que la desigualdad es el resultado del mérito, la solidaridad desaparece y se justifica.
Si se acepta que la política es una gestión técnica de lo inevitable, cual sería el sentido de la participación o peor aún de la democracia misma.
La hegemonía se consolida cuando el imaginario colectivo reduce el rango de alternativas posibles. La transformación comienza cuando ese rango se amplía. Cuando lo impensable adquiere forma. Cuando lo natural se revela construido intencionalmente.
La batalla cultural no constituye un enfrentamiento superficial sobre gustos o sensibilidades. Constituye una pugna por la estructura misma de la experiencia social. En ese terreno se decide qué se considera justo o injusto y qué se considera inevitable.
La política es la disputa por el sentido, es la pelea por quién define la arquitectura de la percepción.
El desarrollo actual de un nuevo escenario de interacción humana, intermediada digitalmente, configura batallas aisladas y circunstanciales que impiden a las personas escapar fácilmente de la trampa de la significación inducida. Requiere del mismo esfuerzo titánico que representa la alegoría platónica de la caverna, a la que habría que agregarle los infiernos del Dante como escalones.
De hecho, para quienes pretendan romper con el modelo de pensamiento imperante, el esfuerzo será doble. Por un lado, estar pendiente de la redefinición intencional constante del sentido común, lo que implica nada menos que complejizar análisis, y por otro cultivar la voluntad de organizarse como parte de un colectivo capaz de contraponer una visión propia.
Sin la visualizacion y comprensión de esta dinámica conflictiva ni la organización de nuevos colectivos, el poder seguirá operando con la eficacia silenciosa de aquello que se confunde con lo normal, la naturaleza o el deber ser, por más ajeno y desfavorable que le resulte a los individuos.
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