El (des)orden internacional y el dólar

Una cuestión política antes que económica

El poder internacional no se explica solo por capacidades materiales sino por instituciones, reglas y consensos que organizan comportamientos. En ese sentido, el dólar no es únicamente una moneda dominante. Es una institución central del orden internacional de posguerra. Funciona como regla informal, como infraestructura compartida y como mecanismo de disciplinamiento. Lo que hoy está en discusión no es su existencia, sino su estatus político dentro del sistema.

Durante décadas, el dólar operó como un bien público global. Estados Unidos emitía la moneda, pero el resto del mundo la utilizaba porque le resultaba funcional. Bancos centrales acumulaban reservas en dólares, el comercio internacional se liquidaba en esa divisa y los mercados financieros globales se estructuraban alrededor de activos estadounidenses. Ese esquema otorgó a Washington un poder estructural en el sentido clásico que describe Susan Strange. No hacía falta imponerlo de manera permanente. El sistema funcionaba porque los incentivos estaban alineados.

Ese equilibrio empezó a alterarse cuando el dólar dejó de ser percibido como una institución relativamente neutral y comenzó a operar de forma explícita como instrumento de coerción política.

El congelamiento de cerca de 300.000 millones de dólares en reservas del Banco Central de Rusia en 2022 marcó un quiebre cualitativo. No fue solo una sanción económica. Fue una señal institucional. Mostró que la pertenencia al sistema monetario global está condicionada por decisiones políticas unilaterales.

Desde el punto de vista del orden internacional, ese hecho tiene una relevancia mayor que su impacto económico inmediato. Introduce incertidumbre sobre una de las reglas no escritas del sistema. Las reservas internacionales, que funcionaban como un seguro frente a crisis, dejaron de ser plenamente seguras si el emisor de la moneda considera que un actor es políticamente inadmisible. A partir de ese momento, el dólar sigue siendo dominante, pero ya no es políticamente neutro.

Las reacciones que se observan desde entonces deben leerse en clave sistémica y no como gestos ideológicos aislados. China aceleró su estrategia de internacionalización del yuan y amplió acuerdos comerciales en su propia moneda, en particular en el comercio energético y de materias primas. Al mismo tiempo, redujo gradualmente su exposición a bonos del Tesoro estadounidense, sin abandonar el sistema. No hay una lógica de ruptura, sino de diversificación defensiva.

Rusia profundizó el uso de monedas alternativas en su comercio exterior, especialmente con China e India. Arabia Saudita, actor clave del sistema energético global y aliado histórico de Estados Unidos, aceptó explorar ventas de petróleo en otras monedas. Ese movimiento no altera de inmediato el mercado petrolero, pero sí rompe un tabú político que sostenía el sistema del petrodólar desde los años setenta.

En el bloque de los BRICS, estas dinámicas se institucionalizan parcialmente. Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, junto con los nuevos miembros incorporados, impulsan mecanismos de comercio bilateral en monedas locales y sistemas de compensación financiera propios. No existe una moneda común ni una arquitectura financiera alternativa consolidada. Lo que existe es una estrategia explícita de reducción de dependencia frente a un sistema percibido como políticamente riesgoso.

Europa ocupa una posición ambigua en esta reconfiguración. Alineada políticamente con Estados Unidos, también experimentó los costos indirectos del uso del dólar como herramienta de sanción. El impacto energético y financiero de las sanciones a Rusia reactivó debates sobre autonomía estratégica, fortalecimiento del Euro y desarrollo de sistemas de pago europeos. Hasta ahora, esos debates no se tradujeron en una transformación estructural, pero sí en una mayor conciencia de vulnerabilidad.

Desde el análisis político, el punto central no es si el dólar va a ser reemplazado. No hay hoy una moneda ni una coalición capaz de asumir ese rol global de manera integral. El punto es otro. El poder estructural funciona mientras las reglas son aceptadas como legítimas y previsibles. Cuando una institución central del sistema empieza a percibirse como un instrumento de castigo selectivo, los actores racionales ajustan su comportamiento.

Eso es lo que estamos observando. No un colapso del orden monetario, sino una erosión progresiva de su carácter consensual. Cada acuerdo en moneda local, cada reducción marginal de reservas en dólares y cada sistema de pago alternativo no cambian el sistema por sí solos. Pero acumulados, alteran los incentivos y debilitan la centralidad incuestionada del dólar.

En América Latina, esta lógica aparece de manera fragmentada pero consistente. Brasil avanzó en acuerdos comerciales con China en reales y yuanes. Argentina exploró mecanismos de pago alternativos para reducir restricciones externas, sin modificar su dependencia estructural del dólar. En ambos casos, las decisiones responden menos a alineamientos ideológicos que a cálculos de vulnerabilidad y margen de maniobra.

El resultado es un orden internacional más transaccional y menos institucionalizado. Estados Unidos conserva una posición central, pero su poder depende cada vez más de decisiones políticas de corto plazo que generan respuestas defensivas en otros actores. El uso del dólar como herramienta de coerción es eficaz en el plano inmediato, pero erosiona el consenso que sostiene el poder estructural a largo plazo.

Desde la teoría política, este es un punto clave. Las hegemonías no suelen caer por reemplazo directo, sino por pérdida de legitimidad funcional. Cuando una institución central deja de ser percibida como un bien común y pasa a ser vista como un riesgo, el orden que organiza comienza a reconfigurarse.

No estamos ante el fin del dólar ni ante el surgimiento de una nueva hegemonía monetaria. Estamos ante una fase de transición en la que el dólar sigue siendo dominante, pero ya no organiza el sistema con la misma naturalidad. Y en política internacional, cuando las reglas dejan de ser invisibles y pasan a ser discutidas, el cambio de época ya está en marcha.

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