De los foros de internet a la organización política de las nuevas derechas

La palabra “incel” aún es ajena, extraña e incluso desconocida para la gran mayoría del público de habla hispana. Cuando se conoce, suele utilizarse con sorpresa, alarma y/o caricatura. A veces aparece asociada a jóvenes aislados que no logran tener relaciones sexuales, otras se la usa como insulto genérico contra varones resentidos. También se la trata como una rareza importada de internet, propia del mundo anglosajón, y hasta ahora muy ajena al análisis y la vida política latinoamericana.
La aparente lejanía del fenómeno, su desatención intencional o su subestimación política construyen la trampa conceptual de encerrar el problema en un rincón de la cultura digital y observarlo como una extravagancia de foros oscuros, grupos cerrados, adolescentes frustrados y jergas incomprensibles.
En realidad existe un proceso de transformación sociopolítica y cultural que amenaza condiciones centrales de la democracia, como la igualdad de participación, la deliberación pública y la convivencia entre personas con derechos equivalentes..
El fenómeno ya forma parte de la agenda de investigación de las ciencias sociales en muchas universidades del mundo, mientras todavía es ignorado por gran parte de los actores políticos y sociales de nuestras sociedades. Estas investigaciones tienen en común que en ellas se habla de soledad, del mercado afectivo, de la precariedad económica, del deterioro de los vínculos y de la capacidad de las nuevas derechas para transformar dolores privados en combustible político.
“Incel” es la abreviatura de involuntary celibate, célibe involuntario. Designa a personas, en su mayoría varones, que se perciben excluidas de las relaciones sexuales y afectivas. La palabra podría describir una experiencia de sufrimiento íntimo, vinculada al rechazo, la inseguridad, la vergüenza corporal o la dificultad para construir vínculos. No obstante, en ciertas comunidades digitales, esa experiencia se convierte en identidad. El dolor deja de ser una biografía singular y pasa a interpretarse como prueba de una conspiración social que los tendría como víctimas. Así, las mujeres aparecen como las culpables del rechazo y los varones “atractivos”, exitosos o sexualmente activos aparecen como beneficiarios de un orden injusto. El feminismo, por supuesto, aparece como la ideología que habría despojado a los hombres comunes de un lugar que les correspondía.
Ese pasaje del malestar al agravio es decisivo. La soledad, la frustración amorosa y la dificultad para construir vínculos forman parte de una experiencia social que hay que abordar con seriedad.
Hay sufrimiento real en muchos jóvenes que atraviesan una vida afectiva empobrecida, mediada por pantallas, comparación permanente y precariedad material. También existe un mercado afectivo del que poco se enteran quienes ya no son jóvenes. Un mercado muy rentable, accesible y atractivo en tanto propone ideas simples sobre temas complejos y asigna responsabilidades o culpas por sus dolores y frustraciones. En este mercado abundan cursos de apoyo, canales de youtube, podcasts y consultorías rentadas, que consolidan comunidades organizadas digitalmente, donde el factor de cohesión es la creencia de que existe un derecho masculino lesionado por las mujeres que los rechazan, por los hombres atractivos que integrarían una casta beneficiada y los adultos que no “comprenden nada de esta nueva realidad”.
Este colectivo se articula sobre el rechazo amoroso como prueba suficiente para acusar a las mujeres de todas las desgracias. Desde esa lógica el deseo femenino no es otra cosa que crueldad ejercida desde un poder injusto. Por ello, la autonomía de las mujeres implicaría necesariamente una pérdida de jerarquía masculina.
La “machósfera”, también denominada “manosfera”, es el ecosistema digital donde circulan esas ideas.
El término agrupa foros, canales, cuentas, influencers, comunidades y subculturas que construyen una visión del mundo basada en el resentimiento masculino, la desconfianza hacia las mujeres y el rechazo al feminismo. El primer concepto tiene una carga semántica más transparente para el lector hispanoparlante, porque remite de inmediato al universo cultural del machismo. El segundo deriva del inglés manosphere y es más común en las investigaciones académicas, informes institucionales y debates sobre radicalización digital.
Dentro de ese universo conviven sectores distintos. Están los incels, concentrados en la idea de exclusión sexual irreversible. Están los llamados MGTOW, sigla en inglés de men going their own way, hombres que siguen su propio camino, que promueven aislarse de toda relación con mujeres. Están los artistas de la seducción, conocidos como PUA por la expresión pick up artists, que presentan el vínculo amoroso como un conjunto de técnicas para manipular, dominar o aumentar estatus. También están los activistas por los derechos de los hombres, conocidos como MRA por men’s rights activists, que suelen construir la idea de una discriminación institucional contra los varones en materia familiar, judicial o educativa.
La machósfera funciona como clima cultural antes que como organización social o política. Tiene palabras, chistes, memes, enemigos, manuales de interpretación y escenas de reconocimiento. Su potencia depende de la capacidad para convertir experiencias dispersas en una explicación simple y emocionalmente intensa. Un joven sin trabajo estable, sin independencia económica, con escasa vida social, frustrado en las aplicaciones de citas y avergonzado de su cuerpo puede encontrar allí una respuesta rápida y satisfactoria. Esa respuesta le dice que su problema nace de un orden social manipulado por mujeres, feministas, minorías sexuales, varones exitosos e instituciones de igualdad. La explicación resulta muy eficaz porque le da forma política a una herida personal.
Una parte importante de ese lenguaje se organiza alrededor de la metáfora de las píldoras, tomada de la película “The Matrix”. La píldora azul representa, en ese mundo, a quienes aceptarían una versión ingenua de la realidad. La píldora roja sería el supuesto despertar. Quien toma la “roja” es capaz de descubrir que la igualdad de género es una mentira, que las mujeres poseen ventajas ocultas, que el mundo moderno está organizado contra los hombres y que el feminismo encubre una forma de dominación femenina. La “azul” permite seguir viviendo, desde la ignorancia, en un sueño irreal. Según esa mirada, la apariencia física, la altura, el rostro, el dinero o el estatus condenan de manera irreversible a algunos varones a la exclusión afectiva. La consecuencia emocional es devastadora, porque transforma cualquier intento de cambio en una farsa y cualquier rechazo en la confirmación de una condena biológica inapelable.
La jerga también produce personajes. “Chad” suele designar al varón sexualmente exitoso, atractivo y dominante. “Stacy” suele representar a la mujer deseada, superficial y cruel según la mirada incel.
La palabra “hipergamia” se usa para sostener que las mujeres buscarían siempre varones de mayor estatus, belleza o poder económico. “Cuck”, derivada de cuckold (cornudo), funciona como insulto contra el varón presentado como débil, sometido o feminizado.
Este vocabulario que parece grotesco visto desde afuera, dentro de las comunidades y grupos, cumple una función muy precisa. Ordena el mundo, distribuye lugares, simplifica conflictos y permite que una comunidad de desconocidos sienta que habla una lengua común y propia. Se comparte un sentido, por ello una filosofía y valores pero sobre todo permite reconocer al enemigo.
El atractivo de estas comunidades se entiende mejor cuando se combina la misoginia existente con una base social más amplia, atravesada por precariedad, aislamiento, comparación permanente y acceso a discursos digitales de agravio.
Las aplicaciones de citas, las redes sociales y la economía de la atención modificaron la forma en que muchas personas se muestran, se comparan, se evalúan, se relacionan y se descartan. La intimidad fue empujada hacia una lógica de mercado en el que los perfiles compiten por atención. La apariencia se vuelve métrica y objeto de clasificación algorítmica. Las plataformas ordenan perfiles, jerarquizan opciones y producen una oferta afectiva aparentemente compatible, aunque mediada por criterios opacos de visibilidad..
En esta realidad, el rechazo puede ocurrir sin explicación. La posibilidad de rechazar forma parte de la autonomía personal, aunque sus formas digitales muchas veces agregan opacidad y crueldad. El “ghosting”, esa desaparición repentina de alguien con quien se había iniciado un vínculo, se naturaliza como práctica corriente. La vida afectiva se llena de señales ambiguas, mediciones imaginarias y pequeñas humillaciones que cada persona procesa en soledad. A la incertidumbre se agrega una forma cotidiana de crueldad afectiva incorporada a las reglas informales del juego.
Eva Illouz ha trabajado durante años la relación entre capitalismo, amor y sufrimiento emocional. Su mirada permite entender que el problema no está sólo en las plataformas ni en las biografías individuales. Las relaciones contemporáneas se desarrollan en una zona atravesada por libertad, incertidumbre y mercado. La libertad afectiva amplió derechos, especialmente para las mujeres, que ya no están obligadas a sostener vínculos por dependencia económica o mandato social. Esa conquista democrática convive con un ambiente nuevo. La elección amorosa se vuelve más abierta y, al mismo tiempo, más competitiva. El deseo se presenta como soberano, las personas se administran como marcas y la vulnerabilidad muchas veces aparece como desventaja. Según la máxima de Illouz vivimos en una época donde “el sexo es libre pero el amor no”.
Esa nueva escena afecta a varones y mujeres de maneras distintas. Para muchos varones jóvenes, especialmente quienes crecieron con mandatos tradicionales de masculinidad, la pérdida de centralidad económica tiene un impacto profundo. El viejo modelo del proveedor masculino se encuentra debilitado por la precarización laboral, la inestabilidad salarial, la dificultad para acceder a vivienda, la incertidumbre profesional y la extensión de la dependencia familiar. A la vez, las mujeres ampliaron su autonomía educativa, laboral y sexual. Esa combinación exige aprender nuevas formas de relación, basadas en reciprocidad, cuidado y consentimiento, todo lo cual exige un aprendizaje afectivo que muchos integrantes de estas comunidades perciben como una exigencia imposible. Por ello la machósfera ofrece una salida más sencilla. En lugar de revisar el mandato masculino, lo endurece. Asume que el progreso en términos de igualdad de género es una humillación antes que un cambio cultural.
La patologización individual, que suele abordar la psicología, ofrece una explicación demasiado estrecha. Hay casos de depresión, ansiedad, ideación suicida, aislamiento severo y sufrimiento psíquico real, y queda claro que esta dimensión requiere atención. Sin embargo, la mirada exclusivamente clínica tiende a encerrar el fenómeno en terapias individuales o respuestas punitivas frente a episodios extremos.
El análisis social requiere otro plano de cuestionamientos, vinculado con el mercado afectivo que estamos construyendo, la educación sentimental que reciben los varones, los modelos de éxito que se le ofrecen a la juventud, el lugar de la vulnerabilidad en la masculinidad contemporánea, la responsabilidad de las plataformas y las respuestas públicas capaces de impedir que la soledad sea capturada por industrias del resentimiento.
En América Latina, este proceso adquiere rasgos propios. La región combina fuertes desigualdades sociales, precariedad laboral, promesas meritocráticas incumplidas y transformaciones profundas en los roles de género.
Muchos jóvenes varones atraviesan trayectorias educativas más largas que las de generaciones anteriores, encuentran mercados laborales inestables y descubren que el título, el esfuerzo o la pertenencia de clase ya no garantizan independencia económica ni reconocimiento social. La frustración puede ser intensa cuando esos jóvenes fueron socializados bajo la idea de que el éxito económico ordenaría también su vida afectiva.
La autonomía femenina modifica ese mapa. Las mujeres estudian, trabajan, deciden, eligen pareja con mayor margen y salen de vínculos que antes estaban sostenidos por dependencia económica o presión social. Esa transformación amplía libertades y reordena expectativas. Para algunos varones, ese cambio es una pérdida de prerrogativas. La machósfera traduce esto en denuncia. Presenta la igualdad como privilegio femenino, el deseo autónomo como injusticia y la política de derechos como aparato de castigo contra los hombres.
Allí aparece otra industria, más amable en apariencia, que vende “reconstrucción masculina” bajo la lógica del emprendimiento de sí (mismo), una especie de reconstrucción necesaria para ser lo que se debe ser. Cuentas de Instagram, canales de YouTube, cursos, gurúes de seducción y programas de masculinidad prometen disciplina emocional, autogobierno, éxito corporal, control del deseo y ventaja competitiva en el mercado afectivo.
Algunas propuestas pueden incorporar lenguajes de bienestar, salud mental o autocuidado. También resintetizan filosofías y corrientes de pensamiento entre las que se destaca particularmente el estoicismo. Cabe destacar que en muchos países del continente americano existe un boom editorial de obras sobre esta filosofía, que hacen referencia a Epicteto, Séneca y al emperador romano Marco Aurelio, en el que muchos varones jóvenes aparecen como consumidores relevantes, incluso entre públicos que no se definen habitualmente como lectores frecuentes.
En ese mercado de servicios al individuo todo malestar queda reducido a rendimiento individual. El varón debe optimizarse, endurecerse, aumentar valor, aprender técnicas de relacionamiento y manipulación, y administrar su vulnerabilidad como si fuera una debilidad comercial.
El mercado es casi perfecto, produce frustración por un lado y por otro vende su propia cura.
Cuando ese resentimiento encuentra representación pública, adquiere densidad política. Las nuevas derechas comprendieron, mejor que nadie, que el malestar masculino podía ser organizado como identidad electoral.
El antifeminismo cumple allí una función que excede la discusión sobre género. Sirve para atacar políticas públicas, ridiculizar agendas de derechos, denunciar supuestos privilegios de minorías, presentar al Estado social como aparato ideológico y ofrecer una épica de restauración. La promesa implícita no consiste sólo en bajar impuestos, achicar ministerios o combatir burocracias. También promete devolverle al varón desorientado una explicación de la pérdida de su lugar.
En España, distintas investigaciones recientes analizaron la convergencia entre discursos de la derecha radical y comunidades digitales misóginas. El caso de VOX resulta especialmente relevante porque muestra cómo ciertos argumentos que circulaban en foros antifeministas pasan a ocupar espacio parlamentario y mediático. La negación o relativización de la violencia de género, la insistencia en las denuncias falsas, la impugnación de las políticas de igualdad y la denuncia de una supuesta ideología de género forman parte de ese repertorio. La cultura del “zasca”, basada en humillar al adversario con frases breves, edición audiovisual agresiva e ironía ofensiva, permite convertir debates complejos en escenas de dominación verbal, un insumo perfecto para atizar el incendio de los ánimos en las redes sociales.
En Argentina, el ascenso de Javier Milei agregó otra dimensión a esta trama. Desde el inicio de su gobierno, la agenda pública incorporó una impugnación explícita de las políticas de género, del lenguaje inclusivo y de los marcos estatales asociados a la igualdad. Esa orientación acompañó una redefinición más amplia del papel del Estado, presentada como combate contra privilegios, burocracias y gastos considerados ilegítimos. En ese marco, la figura del varón perjudicado por el feminismo opera como pieza emocional de una narrativa mayor contra derechos colectivos, instituciones de cuidado y políticas públicas construidas históricamente.
Brasil ofrece otro ángulo para el análisis. En el bolsonarismo digital, la política adoptó con frecuencia una gramática de virilidad. La fortaleza del líder, la humillación del adversario, el rechazo explícito a la diversidad sexual, la sospecha de feminización, el desprecio por la negociación y la equiparación del pacto con debilidad formaron parte del lenguaje de sus comunidades en redes. La idea de “recuperar la casa de los hombres” ayuda a leer esa dinámica. Los varones construyen reconocimiento entre pares mediante demostraciones de dureza, agresión verbal, homofobia y desprecio de lo femenino. Las plataformas digitales amplifican esa lógica porque premian visibilidad, escándalo, reacción inmediata y en muchos casos con rentabilidad económica.
La machósfera que puede ser observada como un efecto colateral del desarrollo tecnológico, tiene efectos comprobables sobre el sistema democrático trastocando posiciones ideológicas tradicionales con lógicas no necesariamente políticas en origen, pero que terminan consolidándose en posicionamientos políticos autoritarios. Ha producido cambios en la conversación pública y sobre las condiciones reales de participación.
Muchas mujeres con presencia en redes, periodistas, académicas, políticas, artistas o activistas reciben campañas de hostigamiento, amenazas, insultos sexuales y operaciones de descrédito. Ese acoso busca disciplinar.
Hablar tiene costo y opinar vuelve a ser peligroso. La violencia digital funciona como una frontera informal que limita la participación de mujeres y diversidades en la vida pública. Ocupar espacio público ha dejado de ser gratuito económica y emocionalmente.
Las plataformas tienen en esto una responsabilidad estructural. Sus modelos de negocio recompensan la atención, y la atención suele aumentar con el conflicto, la indignación, el miedo y la hostilidad. El odio circula porque produce interacción. Y como si fuera poco, la recomendación algorítmica empuja a usuarios vulnerables desde contenidos aparentemente inofensivos de autoayuda masculina hacia discursos cada vez más rígidos, conspirativos o misóginos.
Esa trayectoria no es automática ni afecta por igual a todos los usuarios. Por supuesto no es una operación mecánica, unilineal y simple. Un video no convierte por sí solo a un joven en extremista, como no lo hace un libro ni una conferencia o un encuentro. Pero una comunidad digital sí puede generar una transformación progresiva al proveer el lenguaje, la pertenencia y el “permiso” moral a una frustración que ya estaba buscando forma y contención.
La radicalización digital rara vez ocurre como salto repentino, crece por acumulación. Primero aparece la curiosidad, luego el consumo repetido, después la incorporación de términos, más tarde la identificación con el grupo y, en algunos casos, la fusión entre identidad personal e identidad colectiva.
Cuando un joven comienza a explicar toda su biografía desde los códigos del grupo, el mundo exterior se vuelve sospechoso y la comunidad digital ocupa el lugar de refugio moral, de comunidad. La humillación individual se convierte en causa compartida. El resentimiento deja de ser emoción privada y pasa a funcionar como prueba de pertenencia.
La ciberviolencia de género debe leerse en ese marco peligroso. Los insultos sexuales, las amenazas de violación, la difusión de imágenes denigrantes, las campañas coordinadas y la manipulación de datos no son “apenas excesos” de usuarios anónimos. Forman parte de una pedagogía del castigo. Buscan “enseñar” qué ocurre cuando una mujer habla, denuncia, investiga, enseña, gobierna, milita o simplemente ocupa un espacio visible. El efecto social excede a la víctima directa. Cada hostigamiento público envía una advertencia a muchas otras personas que observan desde afuera, incluso a quienes no son mujeres.
La disputa de fondo no se resuelve ridiculizando a jóvenes solos ni negando el sufrimiento masculino. Se resuelve impidiendo que ese sufrimiento sea capturado por industrias del resentimiento. También exige reconocer que la libertad afectiva necesita una ética compartida. Las personas pueden elegir, rechazar, terminar vínculos y desear de manera autónoma. Pero se debe tener en claro que esa libertad se empobrece cuando las plataformas convierten cada gesto en competencia, cuando el abandono se naturaliza como eficiencia emocional y cuando la exposición permanente transforma la autoestima en una estadística imaginaria. La autonomía sin responsabilidad y transparencia produce un “mercado frío” de relaciones. En ese mercado frío, en el que todo vale y el otro no importa se producen heridas profundas. Heridas que bajo ciertas condiciones pueden volverse política del odio.
La conversación pública sobre incels y machósfera necesita ampliarse y escapar de la caricatura. Hay allí misoginia organizada, riesgo de violencia, hostigamiento digital y afinidad con proyectos autoritarios. También hay una señal sobre el deterioro de los vínculos y sobre la incapacidad de nuestras sociedades para ofrecer modelos de personas compatibles con la igualdad.
La violencia contra las mujeres y las diversidades exige una respuesta firme. El malestar masculino exige una respuesta inteligente. El desafío consiste en sostener ambas ideas sin diluir ninguna.
Hoy por hoy, la inacción de los gobiernos y las plataformas es escandalosa y contraproducente para hacer frente a las violencias en línea. Debería estudiarse, ofrecer datos que permitieran analizar y hacer seguimiento para poder regular el fenómeno de forma adecuada.
Si la política renuncia a elaborar ese malestar, unos pocos podrán convertirlo en doctrina, negocio y campaña electoral cuando haga falta, a costo de la convivencia democrática y en definitiva del sistema democrático mismo.
El resentimiento masculino organizado digitalmente es una forma de pedagogía antidemocrática nueva. Enseña que la igualdad humilla, que el deseo femenino es injusticia, que la vulnerabilidad degrada, que la deliberación expresa debilidad y que la agresión devuelve estatus.
La respuesta democrática exige reconstruir una cultura afectiva que se encuentra afectada por el distanciamiento social promovido e instaurado por el mundo digital.
Para ello, deberá instaurarse un límite de lo aceptable para regular contenidos en base al consenso, pero también estimular otros contenidos que promuevan el pensamiento crítico, capaces de construir comunidades positivas y contraponer miradas diversas frente al pensamiento lineal y simplificador..
Y si es verdad que “lo viejo funciona”, es probable que la respuesta a corto plazo se encuentre también en la recuperación y adaptación de los espacios de interacción social que aún sobreviven, promoverlos y hacerlos atractivos para las nuevas generaciones.
La escuela, que debe volver a integrar por naturaleza y promover el desarrollo de criterio con tolerancia al disenso; los clubes de barrio y las plazas públicas que deberían volver a ser accesibles, cuidadas y funcionales para transformarlas en lugares de encuentro social; espacios de talleres culturales y actividades artísticas participativas y gratuitas que permitan canalizar y expresar emociones y sensaciones para revertir la baja tolerancia a la frustración; son algunos de los componentes de un universo de intervenciones posibles en el mundo físico real.-
Fuentes consultadas
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https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/8746006.pdf
Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, Fad Juventud, “Jóvenes en la manosfera”
https://www.centroreinasofia.org/wp-content/uploads/2021/02/Jovenes_en_la_Manosfera_Centro-Reina-Sofia_FAD.pdf
Observatorio de Medios Digitales, Tecnológico de Monterrey, “El fenómeno incel. Fábricas de odio en el mundo digital”
https://omd.tec.mx/noticia/el-fenomeno-incel-fabricas-de-odio-en-el-mundo-digital
ONU Mujeres, “Qué es la machoesfera y por qué debe importarnos”
https://www.unwomen.org/es/articulos/articulo-explicativo/que-es-la-machoesfera-y-por-que-debe-importarnos
“The Age of the Patriarchy of Surveillance”, Dialnet
https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/9730945.pdf
“(Re)configurando el imaginario sobre la violencia sexual desde el discurso antifeminista”, Política y Sociedad, Universidad Complutense de Madrid
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Joseba Beroiz, “La reacción antifeminista en el Estado español”, Biblioteca Hegoa
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Cristina Real Pérez y Juana María Ruiloba Núñez, “Derecha radical populista, manosfera y misoginia. Un estudio sobre la discursiva antifeminista en España”, Dialnet
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=10558889
Cristina Real Pérez y Juana María Ruiloba Núñez, “Derecha radical populista, manosfera y misoginia”, Política y Gobernanza
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“Subversión antifeminista. Análisis audiovisual de la manosfera en redes sociales”, Dialnet
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https://www.iia.unam.mx/sites/default/files/2025-11/manosfera-JMR.pdf
IEXE Universidad, “Quiénes son los incels y por qué están ganando espacio en internet”
https://www.iexe.edu.mx/politicas-publicas/quienes-son-los-incels-y-por-que-estan-ganando-espacio-en-internet/
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https://revista.unitins.br/index.php/humanidadeseinovacao/article/view/9306/5926
“Masculinidades e aconselhamento nas mídias digitais. Subjetivação e empreendedorismo de si em páginas do Instagram”, SciELO
https://www.scielo.br/j/sess/a/zwwBB6DZLM5N33tthBQsLFt/?lang=pt
“Contraofensiva neoconservadora de extrema derecha, antifeminismo y educación pública en la Argentina de Milei. Retrocesos y riesgos democráticos”, Dialnet
https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9818354
La Vanguardia, “Eva Illouz. El capitalismo ha creado grandes bolsas de miseria sentimental”
https://www.lavanguardia.com/cultura/20210117/6183807/eva-illouz-amor-libro-fin-katz.html
Redalyc, “Frente al 8M. Respuestas de las derechas a la movilización feminista en España, 2017-2022”
https://www.redalyc.org/journal/381/38178919019/html/
Jair de Souza Ramos, “Frouxonaro and cuckservatives. Metaphors of virile masculinity in bolsonarista digital activism”, SciELO
https://www.scielo.br/j/sess/a/vGPss3hjVcr5MnDKMfy4wJp/?lang=en
Redalyc, “Exploring the structure of the far-right networks on Telegram”
https://www.redalyc.org/journal/3515/351580876002/351580876002_2.pdf
Comisión Interamericana de Derechos Humanos, “Informe sobre Personas Trans y de Género Diverso y sus derechos económicos, sociales, culturales y ambientales”
https://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/PersonasTransDESCA-es.pdf
FE-CCOO, “Juventud, Democracia y Educación”
https://fe.ccoo.es/62623ecce6a9bbcf712a6fc5814c37b7000063.pdf
SciELO Brasil, “Un acercamiento situado a las violencias machistas online y a las formas de contrarrestarlas”
https://www.scielo.br/j/ref/a/bTbbyzWwQW6MdxnD9tMBDSt/?lang=es


