Sam Altman; fundador de OpenAI, empresa que creó y gestiona ChatGPT; imagina y presenta, en una publicación reciente, la “Era de la Inteligencia” en la que los seres humanos, asistidos por máquinas cada vez más potentes, lograrán cosas que hoy parecen milagrosas: curar enfermedades, colonizar el espacio y/o dominar las fuerzas físicas del planeta. Su diagnóstico es sencillo, gracias al aprendizaje profundo (“deep learning”), cuanto más cálculos y datos haya disponibles, mejor rendimiento tendrá la IA, y ello abrirá una ventana de prosperidad masiva para la humanidad.
“La sociedad misma —en el sentido más amplio— es una forma de inteligencia avanzada”, escribe Altman. En su visión el reto ya no es genético, no es moral, es simplemente mecánico. Se trata de generar chips, construir infraestructuras, escalar el cálculo, etc. Así la “Ley de Moore para todo” se convierte en credo.
Esta propuesta tiene, sin duda, un atractivo potente. Ofrece una narrativa de esperanza tecnológica, de progreso acelerado, de fe en la ciencia y la ingeniería como fuerzas emancipadoras. Pero al mismo tiempo exige un examen crítico porque contiene inevitables preguntas. ¿Quiénes se benefician de esa infraestructura gigantesca? ¿Qué valores quedan detrás de la promesa de “inteligencia abundante”? ¿Qué formas de poder se reconfiguran cuando la IA deja de ser herramienta y pasa a columna vertebral del sistema económico?
Una primera tensión se encuentra en la dimensión económica. Altman no oculta que la masificación de la IA depende de una escala de cálculo monumental, centros de datos, chips y energía. En esa lógica la promesa de abundancia se construye sobre una base de recursos muy concentrados. Si la promesa es que “todo será barato” gracias a la Ley de Moore extendida, ¿qué sucede con quienes no tienen acceso a esa infraestructura o a los beneficios que genera?
En América Latina, donde la brecha digital persiste, la propuesta de Altman corre el riesgo de reproducir estructuras de dependencia similar a las de antes. Desde Argentina hasta México, la mejora tecnológica suele traducirse en importaciones, dependencia de licencias externas y fuga de cerebros. ¿La “Era de la Inteligencia” promete incluir o simplemente expandir lo que ya conocemos como centros de poder?
Una incógnita similar existe respecto de la regulación. Altman ha promovido la urgencia de una coalición global para la IA, ha señalado que los gobiernos deben colaborar con el sector privado para permitir la transición “innovativa”. Sin embargo, cuando se ha plantado frente a regulaciones europeas, su empresa se ha abierto a presionar contra normas que considerarían demasiado restrictivas. La tensión se hace evidente. Promover IA “democrática” y universal, pero operar en un marco global asimétrico en términos de poder, recursos y voces.
Desde una mirada latinoamericana esta disonancia es particularmente relevante. ¿Qué significa “democratizar la IA” si la mayoría de los datos, las infraestructuras y los modelos siguen concentrados en unas pocas corporaciones del Norte Global, en otro idioma y con subjetividades distintas? ¿Y qué pasa con los valores culturales, las lógicas de producción y los derechos digitales en regiones que históricamente han sido subordinadas tecnológicamente? En la propuesta de Altman, la tecnología parece ser universalizante pero el diseño global permanece elitista.
Otra capa importante es la cuestión de la promesa de progreso absoluto. Altman plantea que estamos a un umbral, que la IA va a resolver lo que hasta ahora nos detuvo.
Esa narrativa recuerda los relatos de modernidad acelerada que acompañaron la era industrial y que luego fueron examinados con escepticismo: que el progreso es automático, que la tecnología es neutral y el crecimiento es ilimitado. En un mundo con límites ecológicos, desigualdades estructurales y crisis sociales, esa fe ciega exige revisión. ¿Acaso la IA será una panacea o una nueva forma de acumulación de poder y explotación?
La dimensión política tampoco puede soslayarse. La propuesta de Altman se articula como un proyecto geopolítico. El liderazgo estadounidense en IA, la carrera contra China y la centralidad de la empresa como actor estratégico global. Pero ¿qué lugar tienen los países del Sur en ese escenario? ¿Se los convoca como socios iguales o como mercados de adopción? Si la promesa es “inteligencia para todos”, ¿por qué la infraestructura, el capital, el diseño del futuro siguen concentrados? En Latinoamérica la pregunta hace ruido porque el eslogan de “inclusión tecnológica” muchas veces es el velo sobre una integración subordinada.
Una dimensión filosófica profunda tiene que ver con cómo se concibe la “inteligencia”. En la visión de Altman, la inteligencia es cálculo, datos, modelos y chips. La inteligencia humana, con su falibilidad, su lentitud y emociones, parece quedar atrás o ser una “etapa transitoria”. Ese desplazamiento plantea un dilema existencial, si la inteligencia humana se vuelve una subsidiaria de la inteligencia artificial, ¿qué valor tendrá lo humano? ¿Cuál será el nuevo criterio de dignidad, de creatividad y de autonomía? Las promesas de “trabajo distinto” o “nueva abundancia” pueden ocultar una redefinición de lo que somos, como “ser”.
Además, cuando la IA entra en el corazón de la economía, no solo realiza tareas, sino que decide qué tareas se realizarán, cómo se asignarán y qué valor tendrán. Esto transforma la noción de agencia. La empresa ya no está solo gestionada por humanos, sino que opera como red híbrida humano-máquina. En ese mundo, el sujeto humano puede pasar de actor central a supervisor parcial. Y con ello cambia la política, el empleo y la subjetividad. ¿Estamos listos para ese desplazamiento o simplemente lo aceptaremos sin debate?
En Argentina y en la región, hay señales incipientes de esta transformación. Implementación de sistemas de recomendación, chatbots que gestionan ventas, pymes que adoptan IA en logística, entre otros ejemplos. Pero todavía estamos lejos de la escala que Altman anuncia.
Aunque precisamente por eso los riesgos son distintos. Por ejemplo, que la adopción temprana ocurra bajo condiciones de dependencia tecnológica, sin diseño propio o sin soberanía de datos. O que el futuro llegue, pero sea administrado por otros. O bien que la promesa de ascenso tecnológico sea a cambio de una integración subordinada.
La visión de una “Era de la Inteligencia” es tan atractiva como peligrosa. Atrae y entusiasma porque ofrece esperanza y promisión de avance, asusta porque concentra recursos, define agendas y delimita futuros.
Al promover una lotería para la humanidad, “más inteligencia, menos límites”, se apuesta casi ciegamente en que el progreso ya no solo será técnico sino también estructural. Pero las fichas (apuestas) las coloca Altman y aquéllos que controlan la infraestructura. ¿Y nosotros? ¿Los que habitamos los países latinoamericanos? ¿Qué posición ocupamos en la mesa donde se redefine la inteligencia global?
Este proyecto político-tecnológico requiere una revisión crítica porque no es simplemente una empresa innovadora. Es el rediseño del mundo. Y los mundos se construyen con valores, con poder y con silencios. Si la IA va a cambiarlo todo, también debe cambiar lo que entendemos por “todo”. No basta con acelerar el cálculo, hay que cuestionar el fin del cálculo. No basta con prometer abundancia, hay que preguntarse quién distribuye la abundancia. No basta con aceptar que la inteligencia se expanda, hay que decidir qué cualidad, uso y alcance tendrá esa inteligencia.
Hoy los creadores de IA, además de otros gurúes tecnológicos, nos convoca a un nuevo contrato social. Pero no estamos ante una promesa automáticamente liberadora, estamos ante una disputa sobre quién define los términos, quién diseña la maquinaria y qué legado dejará.
Sam Altman habla de un futuro ilimitado, nosotros deberíamos hablar de un futuro escogido. La tecnología no es neutral, el poder no es invisible y la abundancia sin justicia puede ser solo otra forma de dominación.
En ese sentido, conviene terminar con una pregunta más que con una conclusión. Si la “Era de la Inteligencia” es justa, ¿quiénes la gobernarán y cómo decidirán en principio qué entendemos por “inteligente” y en el medio qué significa justicia?




