Hijos, genética, algoritmos y cansancio

La conversación pública sobre la “crisis de la natalidad” suele arrancar por el final, con números, curvas descendentes, alarmas demográficas y el peso de esto sobre países como China e India como variable de poder.

Estas miradas se enfocan en la caída de la tasa de natalidad, sobre todo de los países desarrollados, como el problema central.

En este artículo, la intención manifiesta es proponer esto como una consecuencia, o un síntoma si se prefiere, de lo que ocurre ante nuestra mirada distraída.

Si atendemos a cómo se reorganizó la vida en el capitalismo del siglo XXI bajo la premisa de la optimización permanente y el crecimiento de la autoexigencia individual (o sobreexplotación como sostienen algunos especialistas), la baja de la tasa de fecundidad aparece menos como un misterio y más como un resultado obvio.

No es que “la gente ya no quiera tener hijos”, es que el ecosistema social, laboral y afectivo en que vivimos parece desalentar en los hechos el proyecto reproductivo tal como lo conocimos.

Por eso conviene invertir la pregunta de por qué cae la natalidad a la de por qué debería sorprendernos que caiga en una sociedad que convirtió el tiempo, el deseo y el cuerpo en plataformas de rendimiento, exposición y cálculo.

Cuando uno mira la evidencia comparada, el descenso es global y sostenido, con proyecciones robustas, hacia 2030 la fecundidad mundial caería por debajo del reemplazo poblacionar en las estimaciones más “cortas”, y para mitad de siglo o poco después según Naciones Unidas, hacia 2100, más del 95% de los países estarían por debajo de 2,1 hijos por mujer que es la tasa de reemplazo de la problación.

No es un malentendido estadístico nada más es, un cambio CIVILIZATORIO.

El filósofo surcoreano-alemán, Byung-Chul Han, lo explicó con una claridad incómoda, pasamos de una sociedad “inmunológica”, que levantaba barreras contra lo distinto, a una sociedad “neuronal” del cansancio, la transparencia y la autoexplotación.

Ya no manda el “deber” exterior, una exigencia de alguien que manda por sobre nosotros. Sino el “poder” interior convertido en mandato interno.

Puedo, luego debo y si no llego es mi culpa.

La productividad se internaliza como ética, la vida íntima se vuelve mercancía visible y el sujeto se gestiona como emprendedor individual, alguien que se construye a sí mismo.

Ese giro altera la gramática del deseo y del cuidado, el erotismo se debilita, la relación con el otro pierde densidad y el vínculo se somete a protocolos de eficiencia, rendimiento y exposición. Así, enamorarse y construir una relación interpersonal resultta un gasto de tiempo y energía desmedidos.

En ese clima, la decisión de tener hijos no es una preferencia individual aislada sino una ecuación de riesgo permanente, con costos de oportunidad medidos en carreras, alquileres, deudas y precariedad emocional.

Desde ese marco, la caída de la natalidad es coherente. Se reprime menos por prohibiciones y más por saturación, ansiedad y cálculo.

Quien objete que siempre hubo crisis y que la gente igual se reproducía, se olvida que el nuevo orden intensifica la incertidumbre y desplaza el horizonte vital. Si cada año exige reentrenarse, mudarse, reorganizarse, etc. y si el mérito opera como religión práctica, entonces la maternidad y la paternidad quedan capturadas en la contabilidad de lo que “se pueda sostener”.

Europa funciona como espejo adelantado, Alemania, Austria, Estonia, España o Italia operan con tasas “ultrabajas”, y el promedio de edad al primer hijo se estira más allá de los treinta. Con esa biología social, los segundos hijos se vuelven una excepción.

La Argentina y América Latina no son islas. Es cierto que en la región todavía conviven realidades dispares, pero las megaciudades comparten los mismos vectores. Alquileres altos, salarios que pierden contra la inflación, inestabilidad laboral, trayectorias formativas más largas, crianza más intensiva y un ecosistema digital que coloniza el ocio y la atención.

En ese mundo, la decisión de tener un hijo compite contra el imperativo de no “quedarse afuera” de la rueda del rendimiento. Por eso, lo que antes era un proyecto vital hoy se siente, muchas veces, como un lujo o una apuesta temeraria.

En paralelo a todo esto, emerge un mercado que promete resolver el costado “ininteligible” de la reproducción con más datos, algoritmos y predicción.

Porque ya se comercializa con normalidad la secuenciación del genoma embrionario, la obtención del nivel de riesgo de enfermedades complejas (puntajes de riesgo poligénico) y la selección del embriones que “optimiza” la probabilidad de salud futura.

La narrativa es potente, ya optimizás tu dieta, tu rutina y tu carrera ¿por qué no querrías optimizar la genética de tu descendencia?

Compañías como Orchid, liderada por Noor Siddiqui, ofrecen “seleccionar” el embrión más sano para que se desarrolle a posteriori (todavía) en el útero de una mujer.

El paso simbólico es notable, ya no decidimos solo si tener o no tener hijos, sino qué hijo seleccionar entre los posibles.

En foros tecnológicos, la idea entusiasma por su aparente “racionalidad”, menos enfermedad, menos sufrimiento y… más eficiencia.

Por supuesto que se valora el abaratamiento radical de la secuenciación respecto del Proyecto Genoma Humano, pero son muchos los científicos que advierte sobre ansiedades, sesgos y usos “poco maduros”.

El encastre con “La agonía de Eros” es casi didáctico, allí Han denuncia cómo la lógica de la positividad y la transparencia erosiona el encuentro con el otro, y cómo el deseo, que requiere misterio, tiempo y riesgo, se tecnifica y se vacía de sentido.

La reproducción “a la carta” encarna esa tentación de eliminar lo imprevisible del otro, aun antes de nacer.

En “Psicopolítica”, cuando describe el régimen que explota la libertad, emerge la ambivalencia contemporánea, elegimos libremente optimizarnos y, al hacerlo, extendemos el control del cálculo al terreno de la vida.

Seleccionar un embrión con menor riesgo de enfermedad parece una decisión moralmente indiscutible, ¿quién querría lo contrario?, pero al nivel sistémico perfila una sociedad donde la normalidad genética se redefine por contrato y presupuesto.

No hace falta distopía, alcanza con un menú de opciones, una financiación accesible y el relato de la “paternidad responsable” como deber de optimización.

Quienes celebran esta biotecnología como respuesta a la “crisis de natalidad” se apoyan en un razonamiento sencillo: Si tener hijos es costoso y riesgoso entonces bajemos el riesgo con ciencia.

Pero allí se confunden los planos. La baja fecundidad no se debe a que la gente tema las enfermedades genéticas, responde a un orden vital que precariza el tiempo y el lazo social.

La selección embrionaria puede recortar ciertos riesgos biomédicos, pero no puede regalar tiempo, vivienda estable, redes de apoyo y salarios previsibles. La tecnificación de la reproducción, sin políticas de cuidado y sin reconectar la vida común, corre el riesgo de reforzar el mandato de optimización sin resolver la causa del síntoma.

Imagínense además lo que esto puede causar en países con desigualdad alta y el acceso selectivo a estas técnicas… no sólo habrá un sistema de salud específico y saturado para pobres, sino la habilitación eventual de discutir sobre si los pobres podrían tener más de x cantidad de hijos.

Es verdad que existe un uso clínico valioso para evitar enfermedades graves con diagnóstico genético. Lo novedoso es la deriva hacia la selección “total” de embriones para procrear. Esa transición del “tratamiento de un riesgo alto y claro” al “ajuste estadístico de probabilidades genéticas” cambia el tipo de decisión que se les pide a los padres y el tipo de presión que la cultura puede ejercer.

La bioética, la regulación y la alfabetización genética pública llegan tarde si reducen el asunto a “libertad de elegir” sin informar con honestidad los límites técnicos ni considerar el impacto distributivo.

Mientras tanto, la curva demográfica sigue su curso descendente.

Lo relevante no es si el promedio global cae un año antes o después, sino que el régimen de vida que instalamos desincentiva los proyectos de largo plazo, intensifica la soledad funcional y burocratiza el deseo. En ese tablero, pedir “más nacimientos” sin reordenar el tiempo social es como exigir más lecturas sin ofrecer escuelas, bibliotecas o calma.

Las bonificaciones fiscales o los bonos por hijo, nacen y mueren en la anécdota si no se ataca el problema de cómo habitamos nuestras vidas, las jornadas de trabajo, cómo cuidamos a quienes cuidan y cómo reconstruimos comunidad en una economía de la atención que todo lo vuelve trabajo.

No se trata de oponer “naturaleza” contra “técnica”, sino una apuesta ética por el futuro realmente humano.

La buena noticia es que el mismo ingenio que permitió leer genomas en horas, puede ayudarnos a diseñar ciudades más habitables, horarios más humanos, educación que no expulse y sistemas de cuidado que den descanso real.

La mala noticia es que esas reformas no seducen a los mercados como una app que promete hijos más sanos, no escalan con el mismo retorno financiero aún cuando produzcan retornos sociales incalculables.

Si el futuro se nos volvió un bien escaso, ninguna selección embrionaria o prolongación de la vida puede imprimirle sentido a esa vida que no encuentra dónde desarrollarse de forma adecuada.

De ahí que el dato demográfico, por más dramático que luzca en titulares, sea sobre todo una invitación a discutir el orden del tiempo, del trabajo y del cuidado.

La promesa de hijos optimizados, podrá llenar titulares, pero si no reparamos en el problema central lo único que estaremos afinando es la estadística.

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