China impresiona, pero inquieta :El costo oculto de su liderazgo global.

Han pasado unos pocos años desde mi última estadía en China. Quizás por eso, y otro poco por el devenir de las cosas, me propuse compartir mis apreciaciones después de un tiempo de rumiar ideas con prudencia.

En lo personal China me impresionó. Impresiona a simple vista. Pero podría cambiar el mundo de una forma complicada… y antes de que logremos entenderla.

China deslumbra. No solo por la escala de sus ciudades, por la limpieza sorprendente o por la sensación de seguridad urbana, sino por un tipo de eficiencia que incomoda porque obliga a repensar lo que se da por sentado en Occidente. No es un país que se limite a mostrar modernidad. La impone. Y la vida cotidiana funciona con una previsibilidad que invita a pensar que la organización social, en una escala demográfica con ciudades de 40 millones de habitantes, puede alcanzarse con un nivel de disciplina que en otros lugares sería imposible de sostener.

Algo que por cierto empieza a ser atractivo, por no decir anhelado, por algunas corrientes de pensamiento político en occidente que sueñan con sacrificar la participación ciudadana a lo indispensable y limitar los derechos sociales en pos de “mayor gobernabilidad” y estabilidad política.

Esta primera impresión convive con algo más difícil de digerir. Detrás de esa vitalidad existe una arquitectura política y económica que concentra el capital en manos del Estado y que transforma la competencia en una carrera donde lo decisivo no es la innovación ni el mérito, sino el grado de alineamiento con la estrategia oficial. No hace falta exagerar. Basta observar que incluso las empresas más prestigiosas no alcanzan su posición sin apoyo político.

La estructura no está diseñada para la autonomía empresarial, sino para reforzar un proyecto nacional donde la prioridad no es la eficiencia del mercado sino la seguridad del sistema.

Lo que mantiene unido ese esquema no es un equilibrio institucional. Es el crecimiento. Mientras la economía avanza, gran parte de la población acepta la ausencia de mecanismos transparentes de deliberación pública. Acepta que los órganos oficiales que deberían canalizar demandas sean más bien espacios simbólicos. Se acepta que la estabilidad valga más que el debate.

Pero todo sistema que basa su legitimidad en el desempeño enfrenta un problema. Cuando los resultados dejan de ser extraordinarios, la confianza deja de ser automática. La desaceleración económica no desata un colapso inmediato, pero erosiona silenciosamente el fundamento sobre el que se apoya la narrativa del éxito.

El deterioro del ecosistema informativo revela otro pilar de esta “estabilidad sociopolítica”. La eliminación paulatina de la crítica en los medios, el cierre de espacios de investigación y la prohibición tácita de que periodistas informen fuera de su propia ciudad crearon una prensa sin ánimo. La información dejó de ser un mecanismo de control y se convirtió en un ejercicio de repetición. El resultado fue previsible.

Desapareció el interés del público y, con él, el rol social del periodismo. No hace falta censurar de manera visible si la homogeneidad es suficiente para apagar la curiosidad colectiva.

En ese marco, es importante aclarar que la concepción general sobre la política es el de una actividad propia de un grupo social determinado. “De la política se ocupan los políticos”. Una elite educada y compuesta por un grupo de familias que recambia generacionalmente. Así, lo público no parece ser algo de interés general, lo cual implica una delegación total dentro de un sistema político que tiene poco de democrático desde la perspectiva occidental.

Por supuesto que las protestas existen, pero de un modo quirúrgico. Funcionan cuando reclaman correcciones específicas que no afectan el núcleo del poder. Algunos conflictos ambientales, disputas por tierras o reclamos laborales pueden lograr resultados concretos si los funcionarios locales temen que la situación escale y afecte su carrera interna. El sistema concede lo mínimo necesario para preservar la estabilidad, pero ignora de manera sistemática cualquier señal de reforma profunda. No es casualidad. Es un método.

La desigualdad china también se asienta sobre un pacto tácito. Mientras el país ofrezca movilidad económica y las familias cuenten con ahorros capaces de sostener a los jóvenes durante largos períodos de desempleo, las brechas no se traducen en un problema político.

La educación patriótica, por otra parte, asigna responsabilidades a factores externos, especialmente a tensiones geopolíticas. Esta interpretación reduce la posibilidad de que las dificultades se lean como fallas internas del modelo, beneficiando al sistema.

El punto crítico surge cuando se observa la transformación cultural actual que acompaña la desaceleración. La caída en las expectativas personales, el retraimiento del consumo, la pérdida de deseo de formar parejas o de tener hijos y la adopción de vidas cada vez más austeras crean un clima social donde el futuro se piensa en pequeño. La estabilidad deja de ser un proyecto colectivo y se vuelve una forma de supervivencia emocional. Este fenómeno no solo condiciona la vitalidad interna. También plantea dudas sobre la capacidad de China para sostener un liderazgo global en un mundo donde el dinamismo demográfico y la creatividad social son activos centrales.

Allí, la comparación permanente y trastocada (enfocada en las contras de…) con las democracias occidentales funciona como combustible del relato interno. Cada episodio de violencia política, cada crisis institucional y cada conflicto social en otros países se presenta como confirmación de que el orden chino es superior.

Esta narrativa tiene un propósito. Construir el reflejo condicionado de que cualquier apertura sería sinónimo de caos. Es un contraste diseñado para reforzar la idea de que la estabilidad debe preservarse a cualquier costo, incluso cuando empieza a descansar más en la resignación que en el entusiasmo.

Frente a todo esto aparece una pregunta que no es menor.

Qué tipo de futuro puede ofrecer un país que combina logros extraordinarios con tendencias sociales que apuntan al repliegue emocional, a la sobreexplotación autoinflingida, al agotamiento y a la reducción del deseo de vivir proyectos largos.

Como les anticipara al principio, la infraestructura es apabullante, la capacidad industrial es indiscutible, la determinación política es evidente, pero ninguna potencia puede proyectarse al mundo sin una sociedad que conserve el impulso vital de crear, imaginar y arriesgar.

Lo que ocurre en China no debería interpretarse como un misterio exótico ni como un modelo inevitable del porvenir. Es una construcción histórica particular, con virtudes inmensas y tensiones profundas, que merece ser observada sin ingenuidad. Un país capaz de crecer a tal velocidad también puede frenar en seco si sus fundamentos sociales se erosionan.

Y ese es el verdadero interrogante para el siglo que comienza. No es si China puede liderar, sino si la estructura interna que sostiene su estabilidad será capaz de resistir los cambios que ella misma está provocando en el mundo.

Ese es el punto donde la admiración por sus ciudades, su trato amable y su impresionante capacidad organizativa convive con la inquietud por el futuro.

No se trata de decidir si China es una amenaza o una solución. Se trata de comprender qué significa un liderazgo global cuando surge de un modelo que considera la participación pública un riesgo, la crítica una anomalía y el bienestar emocional un asunto secundario. Esa es la pregunta incómoda. Si China llegara dominar lo que resta del el siglo, qué forma tendrá ese dominio, y si el resto del mundo está preparado para convivir con un sistema que promete orden, pero que exige como contrapartida un precio que no todos estaríamos dispuestos a pagar.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *