2026, el año de la Ciencia que desiguala (más)

Como todos los años, la revista Nature publicó su panorama sobre los eventos científicos que marcarán el año 2026. Lejos de funcionar como un catálogo de promesas futuristas, el ejercicio tiene algo más inquietante: pone en fila procesos que ya están en marcha y que, en el próximo año, alcanzarán un punto de maduración tal que será difícil que pasen desapercbidos. No se trata de ciencia “que podría pasar”, sino de ciencia que ya decidió avanzar y ahora pide atención, recursos y, sobre todo, decisiones.

Uno de los ejes más evidentes es la creciente autonomía de la inteligencia artificial aplicada a la investigación científica. Durante 2025, el uso de sistemas de IA dejó de ser experimental para convertirse en parte estructural del trabajo en muchos laboratorios. En 2026, ese proceso se profundizará con la expansión de los llamados agentes de IA, sistemas que integran varios modelos de lenguaje para ejecutar tareas complejas, encadenadas y, en algunos casos, con escasa supervisión humana.

La expectativa no es menor, el año próximo podría traer los primeros avances científicos relevantes realizados principalmente por sistemas de IA. Pero el entusiasmo convive con señales de alerta. Ya se han reportado fallas graves, desde errores lógicos hasta la eliminación inadvertida de datos, lo que vuelve más visible un problema de fondo, cuanto más poder delegamos en sistemas automáticos, más difícil resulta detectar cuándo y cómo se equivocan.

Al mismo tiempo, habrá un giro interesante dentro del propio desarrollo de la inteligencia artificial. Frente al alto costo energético y económico de entrenar grandes modelos de lenguaje, están emergiendo enfoques alternativos basados en modelos pequeños, entrenados con volúmenes limitados de datos y especializados en resolver problemas muy concretos. Estos sistemas no generan texto ni “dialogan”, sino que trabajan con representaciones matemáticas y lógicas. Este año, uno de estos modelos reducidos superó a sistemas mucho más grandes en una prueba de razonamiento lógico, lo que sugiere que el futuro de la IA científica podría no depender exclusivamente de modelos gigantescos, sino de herramientas más específicas, eficientes y, quizás, más controlables.

Otro frente que gana impulso es el de la edición genética personalizada. En 2026 podrían comenzar al menos dos ensayos clínicos orientados a desarrollar terapias génicas a medida para niños con enfermedades genéticas raras. Estas iniciativas se apoyan en un antecedente reciente, el tratamiento aplicado a un bebé con un trastorno metabólico poco frecuente mediante una terapia CRISPR (de alteración genética) diseñada específicamente para corregir su mutación. A partir de ese caso, un equipo busca la aprobación de la FDA para ensayar tratamientos similares en otros niños con trastornos metabólicos causados por variantes en distintos genes, pero susceptibles de abordarse con el mismo enfoque de edición. En paralelo, otro grupo planea iniciar ensayos para enfermedades genéticas del sistema inmunológico. El punto no es solo el avance técnico, sino el cambio de paradigma que implican estas terapias. Implican pasar de tratamientos estandarizados a intervenciones diseñadas para un paciente puntual, con todos los desafíos regulatorios, éticos y económicos que eso conlleva.

En el terreno de la salud pública, 2026 también será un año clave para evaluar uno de los ensayos clínicos más ambiciosos realizados hasta ahora en detección temprana de cáncer. En el Reino Unido, un estudio con más de 140.000 participantes pondrá a prueba un único análisis de sangre capaz de detectar señales de alrededor de 50 tipos de cáncer antes de que aparezcan los síntomas. El test identifica fragmentos de ADN liberados por células cancerosas y puede inferir el tejido u órgano de origen. Si los resultados son positivos, las autoridades sanitarias planean implementar esta herramienta a gran escala. En paralelo, entrará en vigor la mayor reforma del sistema de regulación de ensayos clínicos en el Reino Unido en las últimas dos décadas, con un procedimiento unificado de aprobación ética y regulatoria y nuevas exigencias de transparencia, como el registro público obligatorio de los ensayos y la publicación de resultados en plazos definidos. El objetivo declarado es acelerar la investigación, ampliar la diversidad de los participantes y reducir los tiempos de llegada de nuevos tratamientos, aunque también implica un mayor escrutinio público sobre cómo se hace ciencia clínica.

En Estados Unidos, los cambios regulatorios también seguirán desarrollándose. La FDA evalúa modificaciones que permitirían aprobar nuevos medicamentos con un único ensayo clínico en lugar de dos, un giro que podría acelerar el acceso a tratamientos, pero que también genera debates sobre los estándares de evidencia requeridos. Estas transformaciones regulatorias no ocurren en el vacío, dialogan, de manera explícita o implícita, con presiones económicas, expectativas sociales y urgencias sanitarias.

El espacio será otro de los grandes escenarios de 2026, con una actividad inusualmente intensa alrededor de la Luna. La misión Artemis II de la NASA enviará a cuatro astronautas a orbitarla durante diez días, en lo que será el primer vuelo tripulado más allá de la órbita terrestre desde los años setenta. Aunque no habrá alunizaje, la misión funcionará como ensayo general para los próximos pasos del programa. China, por su parte, planea lanzar la misión Chang’e-7, que intentará llegar a la región del polo sur lunar, una zona compleja desde el punto de vista técnico y de gran interés científico por la posible presencia de hielo de agua. India ya logró un hito allí en 2023 con Chandrayaan-3, y si Chang’e-7 tiene éxito, buscará agua y estudiará sismos lunares, reforzando una carrera silenciosa pero sostenida por el conocimiento y el control de nuestro satélite natural.

La mirada espacial no se limita a la Luna. Japón se prepara para lanzar la misión MMX, que visitará las lunas marcianas Fobos y Deimos, recogerá muestras de la superficie de Fobos y las traerá a la Tierra en 2031, algo que nunca se ha hecho hasta ahora. Europa, mientras tanto, planea lanzar el satélite PLATO, destinado a detectar planetas similares a la Tierra alrededor de estrellas cercanas, monitoreando más de 200.000 estrellas con un conjunto de 26 cámaras. Y la India continuará con su misión solar Aditya-L1, que observará el Sol durante el máximo solar, el período de mayor actividad dentro de su ciclo de once años. Desde una órbita que permite observación constante, el satélite aportará datos clave para comprender mejor las tormentas solares, las erupciones y su impacto potencial sobre la Tierra.

Pero no todo ocurre fuera del planeta. En 2026, China espera iniciar la primera expedición científica de su buque de perforación oceánica Meng Xiang, diseñado para atravesar hasta once kilómetros de corteza oceánica y alcanzar el manto terrestre. El objetivo es obtener muestras directas que ayuden a entender cómo se forma el fondo oceánico y qué impulsa la actividad tectónica. Es un proyecto de una escala poco habitual, que combina ambición científica con demostración tecnológica y capacidad logística.

En física de partículas, el año también marcará un punto de inflexión. El Gran Colisionador de Hadrones del CERN realizará sus últimas colisiones antes de una pausa de tres años destinada a una actualización masiva que dará lugar al LHC de alta luminosidad, una versión mucho más potente que comenzará a operar en 2030. En Estados Unidos, el laboratorio Fermilab espera completar la construcción del detector del experimento Mu2e, que investigará una propiedad aún no observada de los muones (partículas subatómicas fundamentales más pesadas que los electros), su posible conversión directa en electrones sin la emisión de otras partículas. Aunque la toma de datos comenzará recién en 2027, el cierre de la fase de construcción en 2026 será un hito clave.

Todo este panorama científico se desarrolla, además, en un contexto político particularmente tenso en el mundo desarrollado. Quizás aún más en el caso de los estados unidos en el que el segundo año del nuevo mandato de Donald Trump seguirá generando ondas expansivas sobre el sistema científico estadounidense.

Las disputas entre la Casa Blanca y el Congreso por los recortes presupuestarios en ciencia continuarán, al igual que los cambios en políticas de salud pública que ya han sido duramente criticados por la comunidad científica, desde el retroceso en recomendaciones de vacunación hasta la reducción de la cooperación internacional en salud. Las políticas climáticas también podrían debilitarse, y las restricciones migratorias amenazan con limitar la circulación de estudiantes e investigadores internacionales, afectando directamente a universidades y centros de investigación.

En 2026 el debate sobre la ciencia será puramente político y no técnico. Decidir qué ciencia se financia es decidir sobre qué bases se asentará y expandirá o no el poder (simbólico y militar) determinando también quienes serán ganadores y quienes perdedores. Entre otras cosas, por ejemplo, se definirá quienes podrán acceder a tratamientos avanzados y quienes no, entre otras injusticias que se profundizarán.

2026 no parece un año de grandes descubrimientos aislados, sino como un momento de acumulación y definición. Muchas de las líneas que se consolidarán el año próximo no nacen, sino que llegan a un punto en el que sus consecuencias y efectos serán concretos y aplicables.

La ciencia avanza, cada vez más entrelazada con decisiones regulatorias, disputas geopolíticas y prioridades ideológicas.

Seguir de cerca estos procesos no es solo una cuestión de curiosidad intelectual. Es una forma de entender hacia dónde se orientan los recursos, qué problemas se consideran prioritarios y cuáles quedan, una vez más, en los márgenes.

Queda claro que, en este panorama, la ciencia que viene no solo va a producir conocimiento. Va a definir límites, habilitar decisiones y, en muchos casos, cerrar posibilidades. Eso, nos guste o no, generará nuevas y mayores desigualdades, exclusiones socio políticas, religiosas, lingüísticas y geográficas. Y en eso indefectiblemente estaremos todos involucrados.

Leer publicación de la Revista Nature sobre el que redacté este artículo: https://www.nature.com/articles/d41586-025-03673-6

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