El apocalipsis “simple” y posible de nuestro tiempo

Si algún vez te quedaste sin batería en el teléfono y te pareció el fin del mundo, este artículo te gustará.

Durante siglos, las economías se explicaron a partir de la tierra, del trabajo humano y de la acumulación de capital. En los últimos 50 años, esa tríada fue desplazada de manera silenciosa por un cuarto factor que rara vez se nombra con la misma contundencia: La electricidad.

Sin que tomemos demasiada conciencia, la electricidad ha dejado de ser un insumo más para pasar a ser una condición de posibilidad.

Hoy no es exagerado afirmar que sin electricidad no hay economía, no hay Estado operativo, no hay mercado financiero, no hay logística, no hay información y, cada vez más, no hay vida cotidiana tal como la conocemos. La electricidad dejó de ser infraestructura para convertirse en sistema nervioso. Y como todo sistema nervioso, su fragilidad no es anecdótica, es existencial.

La dependencia eléctrica no se expresa solamente en grandes centrales, líneas de alta tensión o redes de distribución urbana. Se manifiesta en cada gesto cotidiano. El despertador del celular, el semáforo que ordena el tránsito, la tarjeta que valida un pago, el servidor que almacena un historial médico, el ascensor que sube, la bomba que impulsa agua potable, el algoritmo que decide un crédito, el satélite que sincroniza horarios bancarios, etc.

La electricidad ya no alimenta dispositivos aislados, mantiene activo un ecosistema interdependiente donde la caída de un nodo puede escalar con rapidez inesperada.

Durante buena parte del siglo XX, los cortes de luz eran un problema molesto, localizado y transitorio. Hoy, un corte prolongado es un evento sistémico. No porque falte iluminación, sino porque colapsan simultáneamente capas enteras de organización social. La economía digital, la logística “just in time”, las finanzas electrónicas, la administración pública informatizada y la vida urbana hipertecnificada comparten como premisa no negociable la continuidad eléctrica.

La globalización profundizó esta fragilidad. Las cadenas de suministro no sólo dependen de energía en cada punto de producción, sino de sincronización permanente entre continentes.

Una fábrica puede detenerse en Asia por una falla eléctrica local y generar escasez semanas después en supermercados europeos o latinoamericanos. La electricidad dejó de ser un asunto nacional para convertirse en una variable geopolítica global, aunque siga gestionándose mayormente con marcos regulatorios pensados para otra época.

A esta dependencia estructural se suma la electrificación de todo, un cambio estructural cualitativo.

Transporte, calefacción, cocina, movilidad urbana, almacenamiento de datos, inteligencia artificial, criptografía, telecomunicaciones y salud, todo eso y más depende del suministro eléctrico en nuestras vidas.

La transición energética, necesaria para reducir emisiones, tiene un efecto colateral evidente trasladando aún más funciones críticas al sistema eléctrico. Menos combustibles fósiles directos no implica menos vulnerabilidad, sino una concentración mayor del riesgo en la red eléctrica. Cambia el tipo de riesgo, no su magnitud.

La ilusión de control tecnológico suele ocultar este problema. La narrativa dominante insiste en redes inteligentes, automatización, redundancia y resiliencia. Todo eso existe y es real, pero también lo es su contracara de mayor complejidad, mayor superficie de ataque y mayor dificultad para anticipar fallas no lineales.

Los sistemas complejos no fallan de manera gradual. Fallan de golpe.

Los apagones masivos recientes no son anomalías exóticas. Son síntomas.

El Apagón de Argentina y Uruguay de 2019, mostró con crudeza hasta qué punto una falla técnica puede paralizar dos países enteros en segundos. No fue una guerra, no fue un sabotaje confirmado y tampoco fue una catástrofe natural extrema. Fue una combinación de errores, automatismos y falta de margen. Ese es precisamente el problema.

No hace falta un evento extraordinario para provocar un colapso extraordinario.

Europa vivió advertencias similares con cortes parciales y riesgos de desconexión total en inviernos recientes, a lo que se sumó el apagón ocurrido hace pocos meses (28 de abril de 2025) que afectó amplias zonas de España, Portugal y del sur de Francia, dejando fuera de servicio al transporte, las telecomunicaciones y servicios básicos durante horas, recordando que incluso sistemas eléctricos considerados robustos operan con márgenes cada vez más ajustados.

Estados Unidos registra apagones cada vez más frecuentes vinculados a olas de calor, incendios, tormentas o sobrecarga de red, con impactos económicos y sociales crecientes.

América Latina combina infraestructuras envejecidas, crecimiento urbano acelerado y una dependencia tecnológica que avanza más rápido que la inversión en resiliencia.

África enfrenta déficits estructurales de suministro que condicionan cualquier desarrollo económico sostenible.

Asia, por su parte, concentra megaciudades cuya estabilidad eléctrica es tan crítica como frágil, donde una interrupción breve puede afectar a decenas de millones de personas de forma simultánea.

El riesgo no es sólo técnico. Es organizacional y político. La electricidad es uno de los pocos bienes absolutamente transversales ya que lo usan todos al mismo tiempo y lo necesitan siempre. Sin embargo, su gestión suele fragmentarse entre empresas, agencias, niveles de gobierno y marcos regulatorios desactualizados.

Para colmo, la coordinación interinstitucional es compleja en condiciones normales y en una emergencia prolongada, se vuelve caótica.

A diferencia de otros colapsos históricos, el eléctrico no deja ruinas visibles inmediatas. No hay edificios derrumbados ni ciudades incendiadas en el primer momento. Pero si algo más inquietante: El silencio digital. Pantallas apagadas, sistemas inoperantes, comunicaciones interrumpidas, pagos imposibles, transporte detenido y datos inaccesibles.

El impacto psicológico de ese silencio es profundo porque expone una dependencia que se había naturalizado hasta volverse invisible.

El dinero, por ejemplo, es hoy mayormente una abstracción eléctrica. Incluso el efectivo depende de cajeros automáticos, lo mismo la logística bancaria y los sistemas de reposición. Por lo que el efectivo también se volvió dependiente.

Sin electricidad, el sistema financiero se detiene. No hay precios, no hay transacciones ni referencia. La economía deja de funcionar no por falta de bienes, sino por la imposibilidad de intercambiarlos. En términos prácticos, eso equivale a una parálisis económica total.

La producción de alimentos tampoco es inmune. Desde la siembra mecanizada hasta la cosecha, el almacenamiento en frío, el transporte refrigerado, la distribución y el punto de venta, cada etapa depende de energía eléctrica continua. Un corte prolongado no genera hambre de inmediato, pero sí desorganiza el sistema con rapidez. La escasez no aparece por falta de producción, sino por imposibilidad de coordinarla, trasladarla o refrigerarla.

La salud es otro punto crítico. Hospitales con generadores tienen autonomía limitada. Equipos de diagnóstico, historias clínicas digitales, cadenas de frío para medicamentos y sistemas de emergencia, todo depende de electricidad estable. En un apagón prolongado, la medicina moderna retrocede décadas en cuestión de horas. No por ignorancia, sino por falta de energía.

La seguridad también se ve afectada de manera ambigua. Sistemas de vigilancia, comunicaciones policiales, control de accesos, iluminación urbana, todo se degrada. Pero al mismo tiempo, la ausencia de tecnología expone la fragilidad del control social basado casi exclusivamente en dispositivos eléctricos. La pregunta no es si aumentaría o disminuiría el delito, sino qué tipo de orden emergería cuando el orden tecnológico desaparece.

En este punto aparece la idea del “apocalipsis eléctrico”. El término suena exagerado porque solemos asociar el apocalipsis con destrucción violenta y visible. Sin embargo, etimológicamente, apocalipsis significa revelación. Un apagón prolongado revelaría algo incómodo y es que la modernidad no está construida sobre bases sólidas independientes, sino sobre un flujo energético continuo que damos por garantizado sin comprenderlo del todo.

No se trata de imaginar escenarios de ciencia ficción con civilizaciones colapsadas durante décadas. Basta con pensar en semanas sin electricidad a escala regional o continental. Con sólo semanas basta, no años. El impacto económico sería inmediato y profundo.

La confianza, ese intangible central del sistema económico, se erosionaría con rapidez. Inversiones paralizadas, contratos incumplidos, mercados cerrados, cadenas de pagos rotas. La recuperación no sería automática, incluso después del restablecimiento del servicio.

La digitalización acelerada posterior a la pandemia aumentó aún más esta vulnerabilidad. Trabajo remoto, educación virtual, comercio electrónico, trámites online e identidad digital, todo eso funciona mientras la electricidad fluye. Cuando no, no hay plan B analógico suficientemente desarrollado.

La redundancia existe en teoría, pero en la práctica está subfinanciada o directamente abandonada.

La inteligencia artificial agrega una capa adicional de dependencia. Los modelos, los centros de datos y las infraestructuras de cómputo intensivo consumen cantidades crecientes de energía. La promesa de eficiencia convive con una realidad material con más datos y más cálculo tendremos más consumo eléctrico. La economía del conocimiento no es inmaterial. Es profundamente energética.

A esto se suman amenazas deliberadas. La guerra moderna incluye explícitamente la infraestructura eléctrica como objetivo estratégico. Ciberataques, sabotajes físicos e interferencias en sistemas de control industrial. No es necesario destruir una central, basta con desorganizar la red. La asimetría es clara. Defender es mucho más costoso que atacar.

El cambio climático actúa como multiplicador de riesgo. Olas de calor que disparan el consumo, sequías que afectan la generación hidroeléctrica, tormentas que dañan redes e incendios que obligan a cortes preventivos. La transición energética, indispensable, ocurre en un contexto climático que tensiona aún más la infraestructura existente.

Pensar en un apocalipsis eléctrico no implica desearlo ni anunciarlo como destino inevitable. Implica aceptar que la dependencia actual es tan profunda que cualquier interrupción significativa tendría consecuencias sistémicas.

Paradójicamente, cuanto más avanzada es una sociedad tecnológicamente, más vulnerable se vuelve a este tipo de colapso silencioso.

La pregunta relevante no es si puede ocurrir, sino si estamos preparados para que no ocurra o para gestionarlo cuando ocurra.

La respuesta, en la mayoría de los países, es incómoda. Hay planes, protocolos y simulacros, pero también hay una confianza excesiva en la continuidad, una fe implícita en que “no va a pasar”. La historia de los sistemas complejos muestra que esa fe suele ser el primer error.

Tal vez el mayor riesgo no sea el apagón en sí, sino la negación previa. La dificultad para imaginar escenarios disruptivos en un mundo acostumbrado a la disponibilidad permanente. El apocalipsis eléctrico no sería el fin del mundo, pero sí el fin de una forma de mundo, la de la electricidad infinita, invisible y garantizada.

Pensarlo es un ejercicio de realismo. Porque toda dependencia absoluta, tarde o temprano, exige ser mirada de frente. Y porque, en el fondo, lo verdaderamente descabellado no es imaginar un colapso eléctrico, sino seguir construyendo una economía global como si el apagón fuera imposible…

Por favor, ¡Que el último apague la luz!

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